13/10/2008 - 7 usuarios online

Por Salvador García Ruiz (*)
Mi película es la adaptación cinematográfica de la novela de Natalia Ginzburg "Las palabras de la noche", que cuenta algo tan aparentemente sencillo como es una historia de amor. La novela transcurre en un lugar imaginario de Italia durante los años 50. El primer reto que planteaba la adaptación a guión cinematográfico era el cambio geográfico. La escritora insiste en situar cada una de sus obras en lugares inexistentes, pero todos sus textos tienen un intenso tono autobiográfico. Y la HISTORIA, así, con mayúsculas, se filtra entre los personajes de forma sutil, apenas perceptible. Como adaptador he intentado estar en la misma posición que la escritora situando la acción en España, de modo que mi historia, la de mis padres y mis abuelos, surgiera sin buscarla. Al final he descubierto, según avanzaba en el trabajo, que lo que se cuenta en "Las voces de la noche" no tiene tiempo ni lugar. De ahí proviene la fuerza de la escritura de Natalia Ginzburg, su sobriedad y su pureza.
Al situar la acción en el pasado intento sumergir al espectador en el terreno de la ficción pura para, finalmente, llevarle a la conclusión de que, cuando entramos en el terreno de los sentimientos, podemos reconocernos tanto en un pirata del XVIII como en un cibernauta del XXI. El lugar principal de la acción es un pequeño pueblo surgido alrededor de una fábrica. Allí viven los hijos del fundador, la familia que se ha convertido en referente para el resto de los habitantes, todos dependientes de ellos, que no solo se alimentan de su fábrica, también de sus vidas. En el pueblo la naturaleza está omnipresente. Igual que la soledad de sus calles, donde no existe el anonimato.
Y eso es lo que los protagonistas, Elisa (Laia Marull) y Jorge (Tristán Ulloa), van a buscar a la ciudad cercana: un lugar donde poder perderse, donde no ser el pequeño de la fábrica y la hija del contable. De este modo, aunque parezca contradictorio, para ellos los espacios abiertos del pueblo son claustrofóbicos y las calles estrechas y abigarradas de la ciudad se convierten en espacios de libertad. Hay dos tiempos en la historia, uno es el presente, los años 50, un momento gris, en el cual el paso de las estaciones es la única novedad. Aquí se cuenta, de forma lineal, la relación entre Jorge y Elisa. El otro tiempo es el pasado, formado por tres "flash-backs", relacionados entre sí, que narran las historias de amor de los tres hermanos de Jorge: Anita, Germán y Bárbara, cuyos recuerdos aún están vivos, y transcurren en el tiempo en el que todo podía suceder, cuando la vida parecía más intensa, más luminosa, con más color. En estos "flash-backs" las historias se fragmentan, de modo que lo que se apunta en una se resuelve en la siguiente. Los dos tiempos están separados por un acontecimiento histórico que dividió la vida de nuestro país, la Guerra Civil, que aparece de forma elíptica.
El pasado es siempre narrado por alguien, y siempre a Elisa y Jorge. Ellos viven el presente y escuchan el pasado. De ahí la importancia de la palabra, de los diálogos. La imagen hace otra lectura de cada una de las situaciones, de modo que el contraste entre lo que vemos y lo que escuchamos, su conflicto, se convierte en la clave de la película. Los personajes viven la historia mientras que el espectador la observa con distancia, llegando a sus propias conclusiones.
(*): Salvador García Ruiz, ha realizado ya tres películas: "Mensaka", "El otro barrio" y ahora "Los voces de la noche", cuyo guión escribió él mismo a partir de la novela de la autora italiana Natalia Ginzburg.
© abc guionistas
24/02/2004 13:50:29