07/10/2008 - 24 usuarios online


Noticias de guión

"La historia es tan mala que podría ser cierta"

Joan Marimón
Joan Marimón

Por Joan Marimón

El detective Marlowe, en una de las siete novelas que Raymond Chandler escribe con él de protagonista, escucha de un sospechoso de asesinato una coartada que hace aguas por todas partes y dice la frase que da título a este artículo. Una frase, por cierto, que además de ser en sí misma un gag encierra toda una poética sobre la verosimilitud. La carga irónica habitual de Chandler, uno de los pilares del cine negro como novelista y también como guionista, no le resta la menor validez: el guionista sabe que la realidad se puede permitir el lujo de ser inverosímil pero la ficción no. Y la verosimilitud significa entre otras cosas coherencia, claridad, justificación de objetivos, introducción de antecedentes y de consecuentes, eliminación de lo arbitrario, del azar… En resumen, creación de orden. Un orden que algunos identifican con belleza y que alcanza una de sus máximas expresiones en el cuento.

Lo saben mejor que nadie los guionistas de tv-movies que trabajan en el género “que parte de hechos reales”. Nada hay tan costoso como reproducir verosímilmente esos hechos en el audiovisual, por muy reales que hayan sido. A menudo hay que añadir personajes o sucesos inventados que apuntalen el relato para hacerlo más comprensible. Y con frecuencia tramas amorosas que puedan gustar al espectador pero que muchas veces nunca sucedieron en la realidad. El asunto se agrava con ese otro género que nunca muere, el biopic o biografía cinematográfica. La vida entera de cualquiera parece reñida con la estructura académica en tres actos. Si nos conformamos con algún episodio de la vida, aquel en que Louis Pasteur descubre la vacuna contra la rabia (por poner un ejemplo), los problemas de adaptación son abordables. ¿Pero cómo convertir en interesante una vida completa? Por lo general, el guionista puede encontrarse con infancias sin el menor dato relevante, juventudes inocuas y vejeces rutinarias. ¿Cómo solucionar la infancia, juventud y primera madurez de Pasteur, que no descubre la vacuna que le hace célebre hasta los 63 años? (¿Cómo lo hicieron Pierre Collings y Sheridan Gibney, los guionistas que en 1936 ganaron un oscar por “The story of Louis Pasteur”?). Mozart (“Amadeus”) tuvo una niñez interesante y glamourosa ¿pero la tuvieron también Tchaikovsky (“La pasión de vivir”), Charlie Parker (“Bird”) o Glenn Gould (“32 cortometrajes sobre la vida de Glenn Gould”)? De ahí que no sorprenda que la mayoría de biopics abarquen pocas veces la vida entera (“El aviador”). De ahí también que el esquema de “personaje con objetivo” a resolver en tres actos no encuentre en el biopic su terreno mejor abonado. Y es que rara es aquella vida en la que el biografiado se marca desde el principio un único objetivo, lucha por él hasta el fin y triunfa o muere. O se casa.

Excepto en un caso. Hay un personaje real cuyo número de adaptaciones a la pantalla es muy superior a la de cualquier otro: Jesucristo. Toda la trayectoria de este personaje real está orientada desde la niñez a un único objetivo –sobradamente conocido por más de mil millones de personas- dentro de una historia de heroísmo, de magia, de amor, de amistad y de traición, de sufrimiento y de tortura, de muerte y de vida. Una tragedia… con final feliz, sin duda una de las mejores historias de todos los tiempos. No olvidemos que ha sido pulida en la esencia y en los detalles durante los últimos dos mil años, en largas reuniones –llamadas concilios- comparables a sesiones de trabajo de guionistas.

La historia de la vida de Jesucristo sí que puede adaptarse cómodamente a la construcción clásica, articulada en la estructura académica en tres actos. Veamos: en el Acto I, el ángel anuncia el nacimiento del niño, que es adorado por los Reyes Magos. Más tarde los padres le pueden salvar de la matanza de inocentes. Jesús crece (en breves episodios o a través de una elipsis) y es bautizado por Juan, un personaje mentor que le impulsa a cumplir su destino. Juan es ejecutado y Jesús decide salir al mundo a predicar la palabra. En el Acto II, Jesucristo escoge a sus doce apóstoles e inicia el gran viaje: se manifiesta como hijo de Dios al realizar numerosos milagros, como multiplicar comida, andar sobre las aguas y, sobre todo, resucitar a su amigo Lázaro, un antecedente de lo que en el desenlace será su propia vuelta a la vida. Gana popularidad hasta que entra, triunfante, en Jerusalen (clímax de la mitad de la historia). Jesucristo, en el bloque de crisis de este segundo acto, anuncia en la última cena con los apóstoles la traición de que será objeto y es apresado. En el Acto III, el correspondiente a la pasión, Jesucristo es condenado y crucificado. Muere durante el estallido de una tormenta. Un giro final, la resurrección y la posterior ascensión a los cielos -hechos sobrenaturales relacionados con el inicio mágico de la historia- culmina esta historia con final positivo.

¿Cómo lo estructura, por ejemplo, Pasolini, guionista y director de una de las adaptaciones más respetadas, “El Evangelio según Mateo” (Il Vangelo secondo Mateo, 1964)? Según los manuales, podrían saludarse como “áureas” las proporciones de la estructura de esta película de algo más de 130 minutos. Un acto I de ritmo rápido de 28 minutos. Un acto II de ritmo lento de más del doble de duración que el primero, 80 minutos. Y un acto III de ritmo trepidante más breve que el planteamiento, 22 minutos. En el Acto I se incluyen los episodios de la anunciación, la adoración de los magos, la huida a Egipto y la matanza de inocentes. El niño Jesús, de dos años, reaparece como hombre joven para ser bautizado por Juan, que le reconoce como Mesías. En el clímax del primer acto, Jesús es tentado por el demonio. El segundo acto empieza con la selección de los apóstoles y está dedicado a la exposición de la doctrina, acompañada de milagros (curación de enfermos, multiplicación de comida, andadura sobre las aguas, no se incluye la resurrección de Lázaro) y de enfrentamientos contra los poderosos. La entrada victoriosa en Jerusalén –con la única sonrisa de Jesús en toda la película, rodeado de niños- funciona como clímax de mitad de película (minuto 75) y, con el sermón de la montaña, prepara la crisis de un protagonista que como personaje trágico es perfectamente consciente de su destino. La crisis-clímax del final del segundo acto se produce con la última cena y el prendimiento. En el tercer acto, la pasión de Jesucristo corre en paralelo al suicidio de Judas. La muerte en la cruz se resuelve en esta versión con un fuerte grito y un terremoto que hace desplomar varias casas. Los episodios finales se suceden rápidos: el ángel anuncia la resurrección y Jesucristo, vivo, dice sus últimos mensajes a los congregados.

Sin duda, la historia de este personaje real es una de las más atractivas de cuantas se han transformado en imágenes y no es de extrañar que haya seducido a directores como David Wark Griffith (en uno de los episodios de “Intolerancia”, con guión de Anita Loos), los Monty Phyton (“La vida de Brian”) o Martin Scorsese (“La última tentación de Cristo”, con guión de Paul Schrader a partir de la novela de Nikos Kazantzakis). Dándole la vuelta a la frase de Raymond Chandler podríamos decir ahora –con todos los respetos-: “la historia es tan buena que podría ser inventada”.

Joan Marimón

(*) Joan Marimón : Escribe el largo de animación Peraustrinia 2004 (1989) y dirige cortos. Guionista en TV3 (Poble Nou, Ventdelplà), TVGa (Rias Baixas) y Canal Sur (Plaza Alta). Da clases de guión en Barcelona (Taller de Guión) y Valencia (UIMP). Autor con Jesús Ramos del Diccionario del Guión Audiovisual que publica Océano. En octubre dirigirá uno de sus guiones, Pactar con el gato.

10/06/2005 13:27:15