25/08/2019


Noticias de guion

Emilio Martínez-Lázaro escribe sobre "Las 13 rosas"


"Las 13 rosas"

Por Emilio Martínez-Lázaro (*)

¿Por qué hacer una película cuando se puede leer un libro de Historia? Muchas veces hemos oído discutir sobre si una película se debe limitar a proporcionar diversión al espectador, o ser un vehículo de información para el público de grandes ideas y contenidos sociales. Es una controversia tan vieja como inútil. Todas las películas terminarán expresando, lo quieran o no, sus ideas, su visión de la realidad, con una riqueza y complejidad que variará de cero a cien, pero que estará presente en todos los casos. El hecho de que el cero sea más frecuente no invalida el razonamiento. Al fin y al cabo hacer una película es reinventar la vida, arreglarla desde nuestro punto de vista como un objeto estético, y en ese objeto estarán colocadas, como uno de los adornos principales, nuestras ideas, ideas que podrán variar con el tiempo, pero que si eran sinceras entonces, tendrán una validez permanente como parte del objeto.

Otra discusión parecida se produce a propósito de las primeras intenciones que deben guiar a los autores a la hora de imaginar dicha película. Aquí la discusión si tiene más sentido, y viene muy bien a propósito de nuestro proyecto sobre “Las 13 rosas". ¿Deberá nuestra historia ser primordialmente la denuncia de un hecho histórico, de un terrible, arbitrario y cruel acto de venganza ejercido por unos vencedores arrogantes sobre trece muchachas inocentes, o más bien deberemos esperar que, en todo caso, la denuncia caiga por su peso al reinventar y hacer vivir en la pantalla los últimos días de las chicas, con su juventud recién estrenada, sus proyectos e ilusiones, sus primeros amores, su idealismo combativo y su valor cívico y personal? Dicho de otra manera: ¿vamos a centrar la película en los hechos históricos, o en los personajes?

Sin duda, la segunda opción es la buena. En primer lugar porque la película es un continuo de una duración limitada. La complejidad del suceso y todas sus derivaciones son más propias para ser tratadas por un investigador en forma escrita, o, en todo caso en un documental fílmico. La película se servirá de los hechos reales como una ayuda para comprender algo que, si no hubiera pasado, nos resultaría difícil imaginar. Por mucho que nos esforzáramos, en dos horas es imposible hablar de todo lo que rodeó aquel suceso. Pero sobre todo porque el campo de acción del cine es el de los sentimientos del espectador, mucho más que el de su ilustración.

En el aspecto visual, necesitamos hacer una reconstrucción fiel de la época. Año 1939. Los sublevados han ganado la guerra civil después de tres años. Madrid ha sido una ciudad sitiada desde las primeras semanas, y los continuos bombardeos la han llenado de ruinas y escombros. Los habitantes están hambrientos, mal vestidos, hartos de la guerra. Cuando entran las tropas vencedoras se produce una aparente explosión popular a favor del vencedor. Es una mezcla de miedo y de deseo de que la sangría fratricida acabe de una vez. Pero enseguida se ve que eso está lejos de suceder. Delatar a alguien se convierte en el salvoconducto para una vida normal. Si no delatas, puedes ser delatado. Hacen falta avales para trabajar, para comer, para sobrevivir. En este ambiente de pesadilla empieza nuestra historia.

No queda nada en el Madrid actual de aquella ciudad maltratada. La reconstrucción de algún paisaje ciudadano significativo la hemos hecho por medio de una combinación de decorados construidos e imágenes digitales sobre croma, o redecorando exteriores naturales con un tratamiento digital posterior. Los interiores se han construidos enteramente, o se han apoyado sobre edificaciones preexistentes que resultaban apropiadas. Existe una documentación fotográfica y fílmica exhaustiva sobre la época y el momento preciso. La idea ha sido reflejar las cosas tal y como fueron captadas entonces, reproduciendo escenas concretas significativas.

De acuerdo con Lena Mossum, directora de vestuario, Eduardo Hidalgo, director artístico y José Luís Alcaine al frente de la fotografía, hemos seguido el criterio de dar a la imagen el tono apagado que, a través de las fotos en blanco y negro de la época, permanece en la memoria colectiva. Otro caso es el de las actrices y actores protagonistas. Según mi criterio, nunca debemos olvidar que lo que hacemos es también – y primordialmente – un espectáculo, y en este terreno pienso que hay que hacer compatible la fidelidad a la época con la imagen dramática – atractiva, arrogante, compasiva, etc. – que queramos dar a los personajes principales. Sobre todo a las cinco jóvenes protagonistas. Otro tanto sucede con el maquillaje y peluquería, que en general no debe traicionar la época, pero debe hacerlo mínimamente, para que los gustos de entonces no interfieran con la imprescindible identificación del espectador y nuestras heroínas. De tal manera que las protagonistas son las únicas notas de color en un universo sin contrastes.

La narración está divida en tres partes. La primera es el final de la guerra y la entrada de las tropas de Franco en Madrid. La segunda, las detenciones sucesivas de nuestros personajes. La tercera, la cárcel.

Cuatro de las chicas son militantes juveniles de izquierdas, y durante esa primera parte en libertad la película tiene el aire de una aventura, otra más, vivida a causa de la guerra. No es que ignoren la gravedad del momento, pero no se sienten responsables de ningún crimen. Con todas las jerarquías del partido huidas o en prisión, deciden por su cuenta seguir organizadas junto con sus compañeros varones. En realidad no saben muy bien que podrán hacer más allá de la generalidad de ayudar materialmente a los presos. Con esta actitud, en medio del ambiente opresivo del entorno, las estamos retratando en su faceta de idealismo juvenil que no se deja amedrentar por los hechos adversos.

Sus risas y complicidades juveniles, casi adolescentes, salpican el drama que inexorablemente se puede adivinar en el horizonte. No es que no sean conscientes del peligro. Lo sortean a base de optimismo y camaradería. Por tanto, esta primera parte tiene una acción rápida, con personajes muy vivos y generalmente alegres. Estamos viendo a cinco jóvenes, una de ellas con singularidades muy alejadas de las otras, con las que resulta fácil identificarse. Como no podía ser de otra manera, aún tienen tiempo para el amor con algún camarada, o con un personaje muy singular, de los que saben sobrevivir en el margen de la historia, incluso con un soldado que el destino, como a tantos, puso en el lado opuesto de la guerra. La única zozobra del espectador se produce al advertir la temeraria inconsciencia con que se conducen. Aunque el único hecho notablemente adverso a las autoridades consista en un inocente lanzamiento de panfletos, el espectador ya ha visto que los traidores están alrededor, y que corren un peligro extremo.

El retrato de conjunto es el de la luminosidad que desprenden ellas sobre el fondo siniestro de todo lo que las rodea.

Cuando comienzan las detenciones se empieza a hacer la oscuridad. El terror del centro de interrogatorios, la tortura que han de presenciar y vivir en carne propia, alterna con la ansiedad que siente el espectador por las que aún están en libertad y que, inexorablemente, van cayendo. Es el momento de utilizar la identificación del espectador con las protagonistas y hacerle temblar por su suerte. Los puntos de vista de los personajes, las soluciones elípticas que insinúan más que dejan ver los horrores, la aparición de personajes amenazadores que prometen lo peor para ellas, todo este panorama debería deslizarse por la pantalla como una pesadilla, apareciendo sobre el claroscuro anterior una sucesión de elementos góticos más y más acentuados, hasta culminar en la escena del entierro de la hermana de una de las protagonistas, que haga que la tercera parte – la cárcel donde ingresan todas – constituya en cierto modo una suerte de liberación para ellas.

Por supuesto, el ambiente de terror de las detenciones no refleja, ni en una mínima parte, el calvario que pasaron aquellas jóvenes en manos de la policía franquista. Hemos elegido un par de escenas que, multiplicadas por cien, nos darían la dimensión auténtica de las barbaridades que hicieron con algunas de ellas.

La cárcel de mujeres de Ventas es un edificio que hace mucho dejó de existir. En aquella cárcel, con capacidad para cuatrocientas cincuenta reclusas, ideada como una cárcel modélica, llegaron a convivir más de cinco mil reclusas. En las celdas individuales dormían once mujeres. También dormían ocupando los pasillos y todo el territorio útil de la cárcel. Algunas madres tenían a sus hijos pequeños con ellas. Muchos murieron de enfermedades y desnutrición. El cementerio estaba a quinientos metros, al otro lado de una vaguada, y las descargas de los fusilamientos se oían perfectamente. Por los subsecuentes tiros de gracia sabían el número de ejecutados.

De haber elegido un decorado parecido a aquella cárcel, construida bajo la dirección de Victoria Kent con la idea de hacer de ella un centro de rehabilitación, y no solo de enclaustramiento, el espectador se hubiera sentido desorientado, pensando que habíamos rodado en un edificio moderno de la época, nunca en lo que fue una cárcel. Preferí desde el principio elegir una cárcel clásica, de galerías radiales, que hiciera la comunicación con el espectador más inmediata.

La cárcel es el universo donde todo es posible, donde las peripecias de la vida cotidiana pueden convertirse en trampas mortales y una desviación inocente de la norma constituye una falta merecedora del mayor castigo. En este universo tan cinematográfico aparecen “las menores”, como fueron conocidas allí dentro, y, en la película serán un elemento que ilumine aquel espacio de muerte. Los testimonios que han quedado nos indican que algo así sucedió. Nuestras heroínas se reencuentran allí y vuelven al espíritu de la primera parte. Se muestran rebeldes y bromistas. Nadie, y ellas menos que nadie, puede imaginar su trágico final. Con esa concentración humana, las reclusas tienen facilidad para moverse por la cárcel. Con su juventud y simpatía animan a las demás.

Vuelven a rebelarse contra la autoridad carcelaria, que tiene dificultades para imponerse. Hasta que llega el inesperado consejo de guerra, donde las condenan a muerte como acto de pura venganza por el asesinato de un jefe de la guardia civil.

La idea de hacer esta película y muchos de sus hallazgos se los debo a Pedro Costa, que me contactó cuando estaba a punto de empezar a rodar mi película anterior. Él habló con Enrique Cerezo, que a su vez no dudó en correr con el riesgo de un presupuesto tan elevado. Ignacio Martínez de Pisón, que ya escribió otra película para mí, marcó, conjuntamente con Pedro y conmigo, las líneas principales, y luego redactó un guion conciso y ambicioso.


(*) Emilio Martínez-Lázaro deja de lado la comedia que abordó en sus más recientes películas, "El otro lado de la cama" y "Los 2 lados de la cama", para narrar un drama inspirado en una historia real. En "Las 13 rosas", recrea la historia de trece muchachas, casi todas menores de edad, que fueron fusiladas el 5 de agosto de 1939 en las tapias del cementerio de la Almudena de Madrid, tras ser acusadas falsamente de un atentado contra un militar franquista. Pilar López de Ayala, Verónica Sánchez, Marta Etura, Goya Toledo y Bárbara Lennie encabezan el destacado reparto del film, que se estrenó en España el 19 de octubre. El guion fue coescrito por su realizador junto a Pedro Costa e Ignacio Martínez de Pisón.

© abc guionistas

20/10/2007 07:42:54

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