17/06/2019


Noticias de guion

El espíritu de Azcona sobrevuela Asturias

Rafael Azcona
Rafael Azcona

Toda obra de arte, por muy perfecta e intemporal que sea, resulta ser hija de un tiempo y un lugar concretos fuera de los cuales su significado se ve desprovisto de una serie de connotaciones que no son ni mucho menos despreciables. Rafael Azcona, que era un genio, lo sabía, y por eso sus novelas y guiones se elevan hacia conceptos universales partiendo del aquí y el ahora, pero proyectándose hacia un futuro inconcreto que sabría interpretarlos con las claves del pasado.

La mención a Azcona no es inocente, porque una de las películas que con más expectación se esperaba este año en el Festival lleva, aunque por vía indirecta, su firma. Todos teníamos ganas de echarnos a los ojos Los muertos no se tocan, nene . En primer lugar, porque la novela en la que se basa es una pequeña joya literaria (casi desconocida) del responsable de los textos de Plácido o El verdugo , pero también porque una buena parte del filme (en realidad, sus interiores, que son bastantes) se rodaron en los estudios que el productor Juan Gona tiene en el polígono de Argame y contaron con la participación de muchos (y buenos) profesionales asturianos. Y hay que decir, antes que nada, que Los muertos no se tocan, nene es una película impecable. José Luis García Sánchez hace un trabajo de dirección encomiable y el elenco actoral está, en líneas generales, absolutamente brillante. La ambientación, por lo demás, es magnífica, y los decorados y los distintos escenarios recrean con fidelidad y mimo lo que tuvo que ser, sin duda, aquella España sumida en la penuria de sus años más miserables.

Aclarado esto, toca ir a lo profundo y hacerse la pregunta que nos hicimos algunos de los asistentes al pase de prensa: ¿había necesidad de hacer una película así hoy en día? Permitan que me explique: es muy probable que, de haberse rodado en las décadas de los cincuenta o los sesenta del pasado siglo, Los muertos no se tocan, nene sería una obra maestra; pero ocurre que el filme se rodó hace unos pocos meses y su afán por reproducir, punto por punto, el esquema narrativo y las estructuras formales del Berlanga más puro (ese blanco y negro, esos planos atestados de personajes, esos diálogos solapados, incluso el recurso tan conocido del pobre en la casa de los ricos) hace que el espectador tenga irremediablemente la sensación de estar ante una cosa extraña: algo que procura no ser una película de época pero que tampoco termina de buscar en una historia pergeñada a la salida de la posguerra alguna relectura válida para los tiempos que corren.

Los guiones de Azcona tenían razón de ser en su tiempo y en su espacio, y si vale la pena ver este virtuoso revival (en realidad, un ejercicio de estilo) es por lo bien hecho que está, pero no porque procure nuevos significados ni encuentre hallazgos en territorios que ya están muy trillados. El largometraje provoca sonrisas y regocijo, pero no emoción porque todo suena a bienintencionada imposta. Resulta muy recomendable si uno no busca más que entretener la tarde del sábado con una película digna. Quien busque las esencias del mejor Azcona hará mejor revisitando los clásicos que todos tenemos en mente. Ellos sí que son hijos de su época. Y como hijos aventajados, saben trascenderla.

 

lavozdeasturias.es

23/11/2011 11:23:05

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