17/06/2019


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Felipe Vega escribe sobre "Mujeres en el parque"

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Por Felipe Vega (*)

Mucho antes que pensar en una historia, perseguir un argumento, encontrar una trama, voy en busca de los personajes. Como hicimos en Nubes de verano, Manuel Hidalgo y yo hemos ido construyendo minuciosamente los personajes de Mujeres en el parque. Hablamos de ellos hasta conocerlos muy bien, los vemos. Tienen que hacerse reales ante nuestros ojos. Si sólo se piensa en el argumento, si conviertes a los personajes en sus títeres, no serán creíbles jamás. Pensamos, primero, en el "cómo son", y sólo, más adelante, en el "qué sucede".

Huir de los mensajes, una necesidad primordial. El mensaje, la metáfora, están reñidas con la reproducción de la realidad. La vida carece de significado único. En sí misma, no “quiere decir nada”. La vida de los seres humanos no posee una coherencia, una organización previa. Nos hemos acostumbrado a un cierto orden ficticio que damos por bueno; por miedo al caos que nos rodea, supongo.

Mujeres... no es una película de denuncia social, ni un alegato contra nada en especial. A fuerza de buscar un contenido que entienda rápidamente el espectador, nos olvidamos de dar libertad a los personajes. Tal vez porque tenemos miedo a la hora de explicar la película. Parece que siempre hay que enfrentarse, con éxito, a la pregunta "¿qué ha querido decir con esta historia?". Hablar de la condición humana nos parece poca cosa, en un mundo saturado por enunciados periodísticos con grandes titulares de actualidad.

Al igual que en Nubes de verano, los personajes de Mujeres en el parque guardan un secreto, un pequeño misterio. Siempre hay algo que se nos escapa, que no podemos entender en las vidas de los otros. Somos un misterio para el otro, siempre.

"¡No hay quien te entienda!" es una frase común en nuestro vocabulario. En Mujeres en el parque se oye decir muchas veces. Los personajes hacen el esfuerzo de tratar de entender al otro. Intuyen, tal vez, que, tras ese esfuerzo, se esconde la explicación de muchas cosas de su vida. Por ejemplo, los adultos de la película aceptan su edad, pero no quieren tener un pasado. Los jóvenes, en cambio, carecen de pasado, y quieren saber en qué consiste eso, qué se esconde tras él. Ése es uno de los misterios...

Mujeres en el parque esconde tras sus imágenes una historia de amor. En este caso, narrada en su fase final. Pero, aun cuando ya no quede nada, tras una larga historia de amor parece perpetuarse una marca en la posterior relación de los personajes. Es como la huella de un animal en el bosque. Si es profunda, hasta la lluvia tarda en borrarla del todo. Al fin y al cabo, nosotros mismos somos animales heridos.

Como en Nubes de verano, a la hora de las referencias, he seguido apoyándome casi más en la literatura que en el cine. Los cuentos de Chéjov, los de Raymond Carver, siguen siendo una guía imprescindible para mí. Por supuesto, no hablo de adaptaciones, sino de un "espíritu de la letra". La manera en que ambos escritores construyen sus personajes, la forma en que las conductas de éstos influyen sobre sus actos -a pesar de tratar de evitarlo constantemente-, son una guía decisiva en mi trabajo. Por otro lado, la literatura de estos autores está llena de imágenes.

Mujeres en el parque transcurre, en su totalidad, en la ciudad de Madrid. Se puede decir, con justicia, que la ciudad es un protagonista más de la historia. Mi relación con Madrid ha sido, desde siempre, una relación de amor-odio. Si me siento obligado a definirme sobre la ciudad rápidamente, tiendo a hablar mal de ella en su conjunto. Sin embargo, contradictoriamente, supongo, quedan lugares, rincones, algunas calles y parques, que todavía disfruto visitando, o encontrándome en ellos en un paseo no premeditado. Algunos de esos lugares están en la película. Las imágenes quieren ser un homenaje a éstos.

Al igual que me gusta buscar los matices de los personajes, me divierte encontrar los matices de una ciudad que no termino de entender. Sí, eso debe de ser. No me entiendo bien con ella. A veces pasan estas cosas.

Sigo pensando que, al contrario de los modelos sociales con los que se comercia en la actualidad (seguridad, poder, fuerza, dureza de carácter…), la fragilidad define a la naturaleza humana. La verdadera ficción de nuestros días se esconde tras nosotros mismos, en nuestra vida diaria. Las apariencias engañan más que nunca. Esa fragilidad sobrevuela a todos los personajes de la película, antes o después.

He vuelto a basarme en seres reales, en vivencias reales, a la hora de crear los personajes de Mujeres en el parque. Simplemente, me siento más cómodo sabiendo que Daniel, Ana, Clara, Mónica y los demás andan por ahí, viviendo su vida. Me gusta imaginar qué sucedería si, en alguna ocasión, los personajes de ficción se encontraran con los reales en alguna sala de cine. ¿De qué hablarían, si es que llegaran a hablarse? ¿Se reconocerían los personajes reales en los de ficción? ¡Y a la inversa?

(*): Felipe Vega es director, guionista y documentalista, nacido en León en 1952, y actualmente profesor de la ECAM (Escuela de la Cinematografía y del Audiovisual de la Comunidad de Madrid). Ha escrito los guiones de Nubes de verano, Cassavetes, claroscuro americano, y Parayso. Su último trabajo, Mujeres en el parque, coescrito por Manuel Hidalgo, llega a los cines españoles el 12 de enero.

© abc guionistas

03/01/2007 07:56:51

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