19/09/2019


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Peluquería china con final feliz

escena de la película
escena de la película

Cuando Chema de la Peña me propuso escribir un guion junto a Isabel de Ocampo, allá por el año 2008, había cosas que yo desconocía de la realidad y –consecuentemente- del oficio de escribir.

Yo desconocía, por ejemplo, que los guionistas somos unos aficionados al lado de esos que escriben cuentos mucho más relevantes y decisivos, sí, esos maestros de la ficción que nos cambian el título de Atraco perfecto por el de Crisis sin que el pulso les tiemble un ápice; guionistas que construyen sus acotaciones con los números de tu cuenta corriente; escaletas de otro sudor y diálogos de una sangre ajena.

Parece nuevo, pero es la clase de mentiras que arrastra, desde tiempos inmemoriales, esa mercantilización de los cuerpos que hemos dado en llamar prostitución (“feminización de la pobreza”, como prefería llamarla Kathleen Barry).

En el proceso de documentación para la escritura de Evelyn, Isabel de Ocampo y yo hemos tenido la oportunidad de conocer de cerca a algunos de estos creadores de la “realidad” de la prostitución en España. Actores y actrices de primera categoría, fabuladores que no tienen reparo en articular el abc de los cuerpos de miles de mujeres, siempre y cuando estas mujeres no sean las suyas. Todo es de color de rosa, hasta que mencionas a su familia. Nunca es la boca de su hija, ni el sexo de su esposa la que se ofrece en el libre mercado. Es un sacrificio que reservamos para los padres de las chicas que vienen de Paraguay, Nigeria o Rumanía.

Lo más duro de escribir Evelyn fue entrar en contacto con todo este submundo que encierran las mentiras: mujeres asesinadas, mujeres maltratadas no por sus esposos, sino por educados jugadores de fútbol o prestigiosos periodistas; mujeres vendidas por sus propias familias.

Risas, risas amargas cuando alguien viene a decirte que cada uno es libre de trabajar en lo que quiere.

Lo más duro, paradójicamente, no fue lo más difícil; lo más difícil fue encontrar el tono adecuado para que nadie creyera que exagerábamos, para que nadie nos tomara por puritanos, que es la acusación más frecuente que se nos hace a todos aquellos que estamos en contra de la prostitución con ánimo de lucro.

El problema –nos repetíamos Isabel y yo una y otra vez- no es tanto la prostitución en sí –como tampoco lo es la droga en sí, cada uno decide cómo convive con su propio placer y dolor- si no el inmenso, obsceno mercado que se crea en torno a ella. “Una mujer es libre de hacer lo que quiera con su cuerpo”, perfecto, listo, pero nadie pregunta dónde nació esa mujer, a quién debe dinero esa mujer, y sobre todo, a quién o qué tiene miedo esa mujer.

No es exagerado decir que algunos clubes guardan macabras coincidencias con esos campos de concentración que son hoy pasto para millones de turistas. Yo les animo a que visiten alguno de esos clubes, que les queda más cerca, y busquen las siete diferencias: todos son seres expuestos a la deshumanización, desde las mujeres-ganado y las olvidadizas madames-kapos hasta, como no, el gran gallo-general que en el fondo sufre, mucho, por tener que mantener a raya a los animales de su establo.

Lo digo con ironía, pero lo podría argumentar igualmente sin recurrir a ella. Cruzado cierto punto, todos los integrantes del sistema padecen el mismo síndrome exculpatorio, ése que les lleva a buscar desesperadamente la manera de justificar sus hábitos y comportamientos (metáfora o espejo deformante de otras tantas construcciones sociales). Pero si en lo profundo de la noche aún sienten un mínimo de empatía, el burdel se revela como el carnaval que es, con diferentes personajes sí, pero con un condenado disfraz que a todo dios aprieta.

Isabel y yo quisimos contar paso a paso el proceso de auto engaño que cualquier ser humano viviría al sumergirse en un entorno semejante. Sin el proceso de alienación, es imposible entender el silencio de tantas mujeres, o la indefensa y vidriosa mirada de aquella joven que no quiso hablarnos cuando la abordamos –ingenuos, ingenuos- en mitad de una conocida calle madrileña.

Es la clase de viaje que hacemos a menudo, y después del cual ya no cabe decir sin rubor: “tampoco es tan grave”, camino de una de esas peluquerías chinas con final feliz.

Con Evelyn os proponemos un corte de pelo muy distinto, quizás un rapado al cero. El terror a flor de piel, al aire los tatuajes con el código de barras. Confío en que también lo sepan apreciar.

Juan Manuel Romero Gárriz es guionista, dramaturgo y director de escena. Ha escrito Evelyn (2012) junto a su directora Isabel de Ocampo. Entre sus proyectos teatrales destacan Báthory contra la 613 y Prisionero en mayo, todos ellos estrenados por su propia compañía Teatro Vuelta de Tuerca.

EVELYN se estrena el próximo 8 de Junio en los cines Renoir.

http://www.evelynlapelicula.com/

31/05/2012 10:46:35

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