21/05/2012 - 33 usuarios online

Por Orlando Mora (*)
Lo primero con “La pasión de Cristo” es sorprenderse de la manera como ha logrado convertirse en un fenómeno mediático. A esta hora los primeros fastidiados son los ejecutivos de las grandes productoras, que todavía se preguntan cómo pudo el actor Mel Gibson adelantarse y descubrir una verdadera mina en la repetición de la historia de la pasión de Cristo.
El asunto es casi incomprensible y habrá que ensayar mucha sociología antes de encontrar alguna respuesta. Gibson se empeñó en un proyecto en el que nadie creía e invirtió al final dinero de su propio patrimonio, en una apuesta con resultados en la taquilla totalmente insospechados.
Como cine “La pasión de Cristo” es muy poco y al verla no se entiende el interés que ha despertado en muchos círculos, empezando por los judíos norteamericanos que dieron el primer paso preocupados por el presunto tinte antisemita de la obra. Es claro que la posible corriente antijudía en el mundo corre hoy por cuenta de las barbaridades del gobierno de Ariel Sharon y no por lo que muestre o deje de mostrar el director de una película.
Al centrarse Mel Gibson en las doce horas finales de la vida de Jesucristo se le han simplificado las cosas, ya que eso le facilita orientar la batería de sus recursos a enfatizar desde lo visual el sufrimiento de los últimos momentos del nazareno, usando con exceso las posibilidades técnicas que ahora ofrece el cine.
“La pasión de Cristo” es básicamente un ejercicio desaforado de efectos especiales, más efectistas que eficaces.
La única agonía verdadera en el film es la del espectador, deshecho y maltratado desde la primera hora, justo cuando en la escena de los azotes se revela el grado de crueldad gratuita al que quiere llegar el director.
El cine es un arte verista por la forma como integra en el plano-la unidad básica de su lenguaje- la realidad y por las manipulaciones a que se presta el manejo de los primeros planos y los acercamientos en la imagen. Eso obliga a que el cineasta deba saber muy bien qué busca a la hora de los emplazamientos y los ángulos, sin olvidar que cada elección supone una postura moral frente a lo mostrado.
Los casi noventa minutos que dedica Mel Gibson a trabajar los efectos especiales sobre las heridas de Jesucristo son absolutamente abominables y suponen un esfuerzo nada encubierto de querer introducir en el cine la estética de los reality show. Insistir en los planos del cuerpo sanguinolento no agrega verdad a la pasión y al dolor que quieren expresar y son tan fáciles y en ese sentido tan obscenos como la violencia de cualquier producto de última categoría de los que a diario inventa Hollywood.
Recuerdo ahora que el crítico y cineasta francés Jacques Rivette escribió en 1961 un artículo sobre la película “Kapo” de Gillo Pontecorvo y en él decía: “Observen, en “Kapo”, el plano en que el personaje se suicida arrojándose sobre los alambres de púa electrificados: el hombre que en ese momento decide hacer un travelling hacia delante para encuadrar el cadáver en contrapicado, teniendo el cuidado de inscribir exactamente la mano levantada en un ángulo del encuadre final, ese hombre merece el más profundo desprecio”.
Lo peor de “La pasión de Cristo” es el fanatismo que deja entrever su propuesta estética. Esta aberración se amplifica cuando uno se entera de que la película se está mostrando a niños y a jóvenes, en una supuesta lección de espiritualidad. A esos educadores vale la pena aconsejarles que aprovechen films de calidad y complejidad como “La última tentación de Cristo” de Martin Scorsese o “El evangelio según San Mateo” de Pier Paolo Pasollini, en lugar de este vano y execrable trabajo.
(*): Orlando Mora es abogado, crítico y escritor colombiano
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06/04/2004 12:45:02