15/08/2020


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Salomón Shang escribe sobre "Cinéclub"

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Por Salomón Shang *

En "Cinéclub" reivindico mi condición de cinéfilo ambivalente, como oxímoron andante en el que en su día peleaban las modernidades (la presión de la tradición europea por la que creo sentir afinidad; la experiencia de los grandes clásicos) con las corrientes populares (ese cine abigarrado, principalmente hongkonés, que devoraba junto a mis amigos), es un espectro más del cine anónimo, sin nombre, de mi película, ese cine que cierra sus puertas, inevitablemente, con una película de un pionero (Griffith).

Ya, antes de "Cinéclub", me habían señalado (los más generosos) por el peso que lo metalingüístico tenía en mi cine: los vínculos intertextuales entre unos films en los que se repiten personajes y situaciones, donde se producen los "no" diálogos e implicaciones del work in progress, la presencia en ellos de personajes que reproducen los gestos del cine (el voyeur, una de mis humildes figuras), que consumen imágenes y sonidos, que ruedan películas amateurs…, un puzzle de elementos fílmicos y cinematográficos que intentan, y no siempre consiguen, penetrar en la expresión y el contenido. A estos hechos hay que añadir que todos los cineastas-pintores, a los que admiro, terminan hablando, además de cualesquiera sean los temas recurrentes en su obra, del dispositivo, del modo de representación. El plano pictórico es el que es hermético, aquél que por un instante nos parece enmarcado, no sujeto a la dinámica metonímica (es decir, que no necesita del anterior ni del posterior para que en él florezca el significado), y que por ello nos hace intuir la presencia de la metáfora (lo que no siempre llega, a pesar de lo que digan los amantes de la exactitud simbólica). Mis películas anteriores a mi curación de la depresión se caracterizan por esta tipología de planos que exploran, en su quietud, la duración, y Cinéclub posee los últimos. Pequeños juegos de lenguaje que parecen conectarme con aquellos camaradas que descubrían, en el decisivo paso del mudo al sonoro, que con el sonido nacía la economía expresiva, y que son las fuentes sonoras las que se pueden encargar de horadar el plano, de introducir en el espacio la promesa de una narración. Al principio del film, en un largo (no sólo por la duración, también por lo estático) y profundo plano, la joven que atiende la taquilla del cine, sale de su "hábitat" y pasa el tiempo perdido en la puerta. La profundidad sustituye al habitual despliegue analítico en tomas, al goce eminentemente formal, rítmico si se quiere.

La dominante autorreferencial es absoluta en "Cinéclub" por el tema del film, el cierre de la enorme sala, la mutación en la creación y el consumo de cine clásico, ése que se encuentra solapado a las reconocibles historias de deseo, a la poética del desperdicio y el desencuentro. He de reconocer que Cinéclub profundiza en mi personal obsesión de entonces con el cine y la imagen. Vestida, aparentemente, con los ropajes de la nostalgia. El texto y el contexto así lo afirman, pues se trata de una película sobre un cine que se cierra, sobre unos films sin audiencia (cuyo único público afectivamente implicado está formado por el protagonista de la película), y sobre una experiencia, la del consumo de cine en colectividad, que ha perdido su razón de ser. "¿Cuánto tiempo crees que va a durar esto?", y "No lo sé. Pero no creo que sea mucho", así se replican la taquillera y el proyeccionista de Cinéclub cuando se encuentran en la cabina de proyección. La melancólica conversación viene antecedida por un plano, de larga duración, en el que hemos visto al proyeccionista rebobinar una película. No soy un cineasta nostálgico, alguien que desee detener el tiempo y volver a una arcadia inamovible y medio inventada con cine de género popularmente consumido y lindas canciones tristes. Sin duda era un hombre deprimido, con una mirada depresiva sobre el cine y un cineasta interesado en los productos culturales y de entretenimiento que constituyeron el paisaje afectivo de aquellos años perdidos.

La invocación en Cinéclub, es sin duda, el pasado del cine (todas las películas que se proyectan en esa pantalla), pero para jugar a la síntesis, para experimentar con la mezcla de ese legado por un lado y de su estilo mínimo y ritualizado por otro, no tanto para homenajear o llorar lo que se ha ido para siempre: el cine como experiencia y espacio no rima ya aquí con el sueño (sólo la actriz Núria Prims cuando asiste al pase de su película, "Tomándote", víctima de la dimensión frankensteiniana del cine, parece implicarse con la ilusión); a la cual podemos añadir, durante algunos segundos, a la joven taquillera cuando se abisma en él desde detrás de la pantalla. Y es que Cinéclub trata de la pérdida del visionado en colectividad del cine, y con él, de la muerte de una sala. De unas películas que ya son historia porque sólo siguen interesando a aquéllos individuos totalmente descontextualizados.

(*): Salomón Shang estrena este viernes en España "Cinéclub", protagonizada por Anna Garcia, Matthieu Duret, Manuel Rudi. Se trata de la única película producida en Cataluña este año sin apoyo oficial. Se trata de un film sobre la desaparición del cine de autor y sus salas, rodado en blanco y negro, que sucede a sus anteriores cintas "Madre Cuba", "Zona de Tarkovsky" o "Reencarnación".

© Kaplan-NOTICINE.com

10/12/2009 21:43:47

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