20/06/2019


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Radu Mihaileanu: "Sólo me dejo llevar por las historias que me escogen como yo las escojo"

Radu Mihaileanu
Radu Mihaileanu

El rumano afincado en Francia Radu Mihaileanu ("El Tren de la Vida") estrena este viernes en España "Vete y vive", premiada con el Premio del Público y Premio Europa Cinemas del pasado Festival Internacional de Cine de Berlín, cuyo guion escribió junto a Alain-Michel Blanc. Este cuenta la historia de la emigración falasha a través de la vida de un niño etiope y cristiano que se hace pasar por judío para poder llegar a Tierra Santa y salvarse así de la hambruna. Una tierna y emotiva película donde su director nos habla de la identidad, la moralidad, la sociedad israelí y las relaciones entre personas en un mundo cada vez más complejo.

¿Cómo surgió el proyecto?
Como todas mis anteriores películas, "Vete y vive" nació a partir de la idea del combate que debe llevar a cabo el ser humano para liberarse de sí mismo, para dejar atrás el pequeño caparazón que le protege. Dicho así, parece muy teórico y reflexionado, pero yo sólo me dejo llevar por las historias que me emocionan, que me escogen como yo las escojo a ellas. Necesito meter a mis protagonistas en situaciones con un fuerte dramatismo para obligarme a hacerme preguntas que me parecen esenciales.

¿Cómo nació la idea de hablar de los falashas?
Me acordaba de la “Operación Moisés” y de la repatriación de los judíos etíopes a Israel en 1984/85, pero no tenía conciencia de la enormidad de esta aventura humana. Quizá fue una de las más complejas del siglo XX por las preguntas que suscitó. Conocí a un judío etíope en un festival de cine en Los Ángeles y entendí que los falashas sólo hacían el papel de figuración en este asunto cuando, en realidad, eran los protagonistas. Me contó su epopeya, el viaje andando hasta Sudán donde su vida peligró, los campos de refugiados, la acogida en Israel. Me emocionó mucho y también me sublevó el hecho de que no se hablara más de esto.

¿Tuvo que investigar mucho para escribir el guion?
Reflexiono varios meses, incluso años, antes de desarrollar un proyecto. Al cabo de un tiempo, es como si el tema me cogiese de la mano y me llevara consigo. En ese momento, suelo escribir una sinopsis de una diez páginas, y Alain-Michel Blanc, mi coguionista y yo, empezamos a investigar. Para "Vete y vive", hemos leído mucha documentación y hemos hablado con algunas de las personas implicadas en la “Operación Moisés”: etíopes, miembros del MOSAD, del Ejército de Tierra y de las Fuerzas Aéreas, sociólogos, historiadores. También entrevistamos a Gadi Ben Ezer, el único psicólogo que ha sabido traspasar el misterio del alma etíope, y a varios etíopes no judíos que viven en Israel clandestinamente. Grabamos muchísimas horas de entrevistas de gran riqueza que alimentaron la ficción e inspiraron algunos de los diálogos.

La historia de los falashas tiene una dimensión religiosa, política y mítica.
La película intenta traducir esa triple dimensión. El mito tiene un lugar de importancia en todo lo que rodea a los falashas ya que se sigue diciendo que son los descendientes de una unión entre la reina de Saba y el rey Salomón. Pero su auténtica leyenda es bíblica, ya que son los únicos que todavía siguen los dictámenes de la Torá original. La primera vez que vi fotos suyas, pensé en Moisés. Tuve la impresión de que venían de otro mundo. Siempre pensaron que llegarían a Jerusalén ya que está escrito en la Torá que regresarían a Tierra Santa en las espaldas de una inmensa águila, por eso no les asustó subirse a un avión.

El protagonista se llama Schlomo como en "El tren de la vida", ¿es una coincidencia o fue hecho a propósito?
Un periodista americano me preguntó si el Schlomo de "El tren de la vida" sobrevivía ya que la película acababa con él en un campo de refugiados, antes del fin de la guerra. Hasta entonces, nunca me había hecho esa pregunta y le contesté que mientras no le olvidásemos, sobreviviría. No le he olvidado, ha dejado el campamento bajo la forma de un niño.

Háblenos de la estética de la película.
La película debía ser en parte documental para respetar al cien por cien la realidad histórica, además de darle un carácter épico para que los personajes fueran seres excepcionales. Pero no quería convertir los sufrimientos de esta gente en espectáculo; tampoco podía enseñar un campo de refugiados con miles de personas muriendo. Por eso, más que enseñar, he intentado sugerir. La única forma de evocar la dureza del campamento es enfocar el rostro de la madre cuyo hijo acaba de morir. Se puede entender la realidad del campamento a través suyo. Por otra parte, y a pesar de rodar en Scope, quería estar muy cerca de los personajes, sobre todo del niño. Conseguimos rodar a su altura para adoptar su punto de vista.

¿Está de acuerdo en que es un guion que gira alrededor del cordón umbilical, de la unión fundamental con la madre?
Desde luego. La película gira alrededor de la búsqueda desesperada de la madre, y habría podido llamarse “El niño de las madres”. Schlomo tiene la suerte de conocer a cuatro madres excepcionales. La primera, una madre capaz de decir “No es hijo mío” para salvarle; la segunda, una judía etíope, que encuentra una razón de vivir acogiendo a Schlomo y alejándole de la muerte; la tercera, la madre adoptiva procedente de otra cultura que se acerca a él; y la última, Sarah, la mujer enamorada que, al convertirse en madre, acaba por entenderle y le manda de vuelta a la primera madre.

Volvemos a encontrar el tema del “buen impostor” que está en todas sus películas.
Me cuesta explicarlo. Puede que se deba al hecho de que mi padre se apellidaba Buchman y tuvo que cambiar de apellido durante la II Guerra Mundial para sobrevivir. Se convirtió en Mihaileanu para pasar desapercibido durante el régimen nazi y luego, el estalinismo. Creó un conflicto en mi interior. También me dolió que me consideraran como un extranjero, tanto en Rumania como en Francia. Quizá por eso mis personajes lo pasan muy mal al principio y dicen ser lo que no son, intentando liberarse de sí mismos y lanzar un puente hacia los demás.

Además de describir la trayectoria de Schlomo, reflexiona sobre los últimos veinte años en Israel.
Yael Abecassis me dijo algo muy exacto: la mirada interior y exterior llena de ingenuidad, de frescura, de un niño que no es ni judío, ni israelí, ni palestino, pero que lo es todo a la vez, es en realidad la mía. Schlomo escapó de las garras de la muerte y se hace las mismas preguntas que me hago yo. Schlomo cree que estos dos pueblos que se enfrentan, el judío y el palestino son las víctimas, como él, de un conflicto que ya no controlan. No puede juzgar el conflicto desde un punto de vista político, sino humano. No puedo juzgar veinte años de historia de un país desde la política; sólo puedo hacer preguntas sobre consecuencias humanas microscópicas.

Denuncia una especie de “apartheid” en el seno de la sociedad israelí referente a los negros que acaban de llegar.
Israel, como cualquier otro país, tiene varias caras. Hay gente que acoge a los etíopes con los brazos abiertos como lo hace la familia adoptiva de Schlomo, el comisario de policía, Sarah, mientras que otros los rechazan. No acuso a Israel de racismo, sólo a algunos de sus habitantes. A menudo se pide a Israel que se comporte de forma excepcional, que sea una Tierra Santa, pero olvidamos que lo pueblan seres humanos con cualidades y defectos como en cualquier otra parte.

¿Cómo ha enfocado la religión en la película?
De diversos modos. Denuncio a los fanáticos que decidieron convertir a los etíopes al judaísmo, a la fuerza, a pesar de un éxodo de lo más trágico en el que hubo 4.000 muertos sólo por hacer realidad el sueño de llegar a Jerusalén. Alejados del mundo, los falashas creyeron durante 2.000 años que eran los únicos judíos. A pesar de su soledad, defendieron y perpetuaron su gran diferencia. La humillación que sufrieron por parte de los fanáticos todavía no está del todo curada. También hablo de los moderados a través del rabino de Schlomo, el Qes y, sobre todo, de la controversia talmúdica. Me parece interesante cuestionar la religión en cuanto a la interpretación, no al dogmatismo, porque accedemos al plano espiritual y dejamos el político.

¿Era importante que la familia que acoge a Schlomo fuera de izquierdas?
Sí, porque añadía un toque humorístico gracias a un cierto malentendido. La familia imagina que Schlomo es judío practicante, muy religioso, y Schlomo no puede decirles lo contrario. Aquí tenemos a una familia de izquierdas dispuesta a hacer todo lo posible para Schlomo sin por eso esconder que son ateos. Además, quería mostrar la otra cara de Israel. Me refiero a la gente de izquierdas que buscan la paz y deben hacer frente a un dilema: irse para evitar a sus hijos otra guerra en la que no creen, o quedarse para hacer frente a los halcones.

¿Por qué hizo un personaje positivo del policía al que Schlomo se confiesa?
Schlomo no se atreve a contar su secreto a la gente que le rodea. Me divirtió la idea de que se lo confesara a los “malos”, la prostituta y el poli. No quise que el policía fuera negativo para no caer en un lugar común; es parte de los israelíes que quieren a los etíopes y que los ven a diario. Quería que se enojara cuando Schlomo se rinde. No tiene un papel muy grande, pero me gusta mucho.

Aunque sea una película dramática, el humor es constante.
Para mí, la buena comedia siempre tiene raíces en la tragedia. Creo en el equilibrio entre la perfección y la imperfección. La una se alimenta de la otra, la una no puede vivir sin la otra. Me gusta la imperfección sublime de la vida. El humor es una bofetada al fascismo y al oscurantismo, es el arma del débil, del pobre, una forma de engañar a la muerte con chispas de vida, de echar a la barbarie. Sólo puedo salir del melodrama, volver a la superficie, gracias al humor.

La historia que cuenta no tiene nada que ver con el anverso del Holocausto.
Israel, un país de 21.000 kilómetros cuadrados, intentó salvar a los etíopes que podía salvar. Eso no significa que condenase a los demás, a los que se quedaron en los campos de refugiados sudaneses. Es muy fácil acusar a Israel de haber hecho una selección, pero ningún otro país abrió sus puertas a los cristianos y a los musulmanes que morían por decenas de miles. Salvar a los judíos etíopes no tuvo nada que ver con el Holocausto donde los nazis seleccionaban a los que mandaban a morir.

© Golem Films / abc guionistas

22/12/2005 19:30:27

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