15/09/2019


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Verónica Chen, guionista y directora de "Agua": "Uno escribe, y el personaje está en el papel, en tu imaginación, pero no tiene forma, no tiene cuerpo"

Chen
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Una historia de héroes anónimos. Así gusta definir la realizadora argentina Verónica Chen a su segundo largometraje como directora y guionista (junto a Pablo Lago), "Agua", el cual acaba de debutar en las salas de su país con elocuentes críticas, que contrastan por completo con la recepción que tuviera su primer film, "Vagón fumador", del cual parece haberse alejado por completo con este trabajo, cambiando el paisaje urbano de Buenos Aires por la fragosa naturaleza, la noche por el día y el cemento por el agua.

Goyo (Rafael Ferro) es un hombre que necesita cerrar cuentas con el pasado. Supo ser un gran campeón de natación en aguas abiertas, pero un caso de dóping empañó su gloria y lo forzó al retiro. Un buen día decide salir de su ostracismo, de esa vida huraña que se impuso y retornar a la ciudad. En su camino se cruza Chino (Nicolás Mateo), un joven próximo a ser padre, bastante perdido, que no es capaz de explotar todo el potencial que posee como nadador. Al encontrarlo, Goyo se reconoce en Chino y entabla una relación mentor-discípulo con el objetivo de que le ayude a recuperar su buen nombre en la inminente carrera Santa Fe-Coronda, tradicional maratón de 57 kilómetros.

"Agua" es fácilmente una de las cintas con más belleza visual del cine argentino. Como buena parte del denominado "nuevo cine argentino", sus diálogos son escuetos, pero a diferencia de sus compañeras generacionales, sus silencios se transforman en imágenes de una sutileza, elegancia y precisión pocas veces vistas en el cine nacional, que incluyen tomas subacuáticas. Ello es resultado del extremo cuidado y planificación de Chen, quien se rodeó de reputados profesionales como la directora de fotografía francesa Sabine Lancelin (colaboradora habitual del portugués Manoel de Oliveira) y de Matías Mesa (operador de steadycam de películas como "Elephant", "La puta y la ballena", "El aura" o "Babel"), para plasmar en celuloide la poética del héroe que busca su redención y la capacidad de superación del ser humano.

- "Agua" se puede decir que es el contrapunto a "Vagón fumador", ¿Fue una decisión conciente el rodar algo totalmente opuesto a su opera prima?

Sí, fue muy conciente. Ahora que están las dos terminadas, uno puede verles muchas conexiones y cosas en común, pero mi intención había sido ir en la dirección opuesta. Ahora estoy pensando en otras posibles películas y quiero ir en otro sentido, que es bastante natural también porque vos tardás tanto entre una película y otra, que mientras hacés la posproducción de una, ya estás pensando en la próxima. Cuando empecé a escribir "Agua" quería hacer un cine más narrativo, trabajar con actores profesionales porque me di cuenta que era algo muy placentero y que te aportaba muchísimo, y quería que fuera una historia bien sólida. Viéndola ahora a la distancia, hay cosas que a uno se le escapan, hay un gusto determinado por contar la película de una manera particular. Yo no conté la película tradicionalmente, porque no me interesa. La limitación es también el gusto. Siempre va a pasar eso. Sí ratifico que es un placer trabajar con actores por lo que aportan, lo que se les ocurre. Uno escribe, y el personaje está en el papel, en tu imaginación, pero no tiene forma, no tiene cuerpo. Hay un momento que es mágico, que es cuando definís que un actor va a ser tal personaje y tiene un cuerpo, una cara y habla de determinada manera. Existe, es real. Y eso pasa incluso antes de ser filmado, en los ensayos, en las lecturas...Es maravilloso.


- ¿Nunca pensó entonces en utilizar deportistas que pudieran actuar, en lugar de actores profesionales que debieran prepararse físicamente?

Yo trabajé con una directora de casting y la primera pregunta fue: '¿Usamos actores profesionales o no profesionales? Profesionales'. Entonces ahí ya sabíamos que no queríamos deportistas y teníamos una limitación. Hicimos un casting de tres meses. Pero desde el comienzo tuve mi coranzoncito con Rafael y Nicolás.


- ¿Qué características tenían ellos que le hacían destacar del resto?

Rafa había sido deportista, así que esa parte estaba cubierta, aunque había que entrenar un poquito. Con Nico era la mayor dificultad porque no nadaba nada, pero es un actor increíble, que tiene la capacidad de imitar cualquier cosa. No es que va a ganar una carrera Nico, pero para la cámara es perfecto. Y lo logró con disciplina, con trabajo, con esfuerzo. Entrenó seis meses para el papel, fue a gimnasia, tuvo un preparador físico, un profesor de natación, tomó complementos vitamínicos para desarrollar el cuerpo, imitar millones de gestos que lo hicieran creíble, iba a los clubes y veía como se movían, iba a las cafeterías para escuchar cómo hablaban...Fue diferente con los dos, pero nunca sentí que hubiese una limitación, al contrario. Sentí que lo mejor que tenía Nico, que es su capacidad plástica, hizo que fuera más creíble y mejor que trabajar con un nadador, que son además gente parca, que no habla, que le ponés una cámara adelante y es terrible porque no tienen el espectáculo incorporado como otros deportistas, como pueden ser los futbolistas o tenistas. El caso de Rafa, todo lo que tenía ya como jugador de squash y toda la disciplina que eso le había dado, se lo puso a su personaje.


- En el cine argentino actual no se abordan temas relacionados con el deporte, y si buscamos en el pasado la mayoría se refieren a la pasión por el fútbol, ¿Por qué se interesó por narrar un mundo poco cercano para la gran mayoría, que es asimismo tan personal?

Yo nadé hasta los 14, 15 años, aunque también estudié otras cosas. Uno se alimenta de memorias, de recuerdos, y creo que quedó ahí como un mundo que sabía que era interesante, al que podía volver. Me interesaba contar ese mundo privado de ellos. Más que nada pasaba por cómo se relacionaban con los afectos, quería ahondar en eso. Pensaba cómo gente tan encerrada en sí misma puede después conectarse. Porque por más que tengan una familia, como es el caso de Chino, están dentro de una burbuja aún dentro de ese entorno afectivo. Siempre hay una cuestión impenetrable o un punto de difícil acceso. Pueden estar rodeados de muchísima gente y, sin embargo, ser solitarios. Creo que un poquito que la profesión los deforma pero por alguna razón eligen esa profesión. Es como que dicen: 'En este elemento fluyo. Me siento bien'. También me interesaba el otro costado de Goyo, que no era un nadador al principio, cuando pensé la historia, era simplemente la imagen de alguien que volvía manejando por una de esas rutas largas y solitarias al lugar de donde se había ido, pero no sabía lo que tenía atrás; aunque sí que había algo oscuro, algo avergonzante.


- ¿La historia se podría desarrollar en otro tipo de ámbitos?

Sí, podrían haber sido jardineros, por ejemplo. A mí me gustan estos seres que en otro contexto podrían ser ídolos o héroes. Pero nadie los ve, nadie sabe que existen y ni ellos mismos le dan demasiada dimensión a esto. Lo hacen porque quieren, porque les gusta, porque algo les lleva a hacer eso y ponen todo ahí. La gratificación es cero, excepto esta cuestión interna. Es sobre esas personas que se caen y se levantan. Yo creo que el país está lleno de gente así. A mí eso es lo que me gusta, la lucha pequeña. Quería alejarme de la cuestión exitista. El día que perdió Argentina en el Mundial era tristísimo y eso te contagia, pero hay otro mundo, hay otro país, hay otra gente...gente que tiene la misma dimensión heróica, pero que nadie le presta atención. Creo que esto se repite en muchos ámbitos. Hay una competencia feroz que excede la natación o el deporte, en la realidad de todos los días.


- ¿Puede ser aplicable esto a los directores de cine?

Absolutamente, hay un grado de competencia muy fuerte. Lo veo ahora. Tener que estrenar, conseguir una sala...Es una carrera de caballos y hay gente apostando. Y uno corre. Con suerte tenés un jockey, un guía, que te dice: 'para acá, para allá'. Y a vos te ponen en la cancha y corrés. Después hay mucha, mucha gente apostado: 'a este le va bien, a este mal, a este le voy, a este no...'.


- Visualmente la película es sorprendente y pareciera que hay detrás un gran presupuesto, lo cual siendo cine argentino no es factible, ¿Cómo se logró ello?

Con muchísimo ingenio. Lo que tuvimos fue mucha preparación. Cuando los recursos son limitados, hay que prepararlo más; igualmente eso pasa en todas las películas, el dinero nunca alcanza, a Terry Gilliam no le alcanza...Siempre es más y hay cosas que no se pueden hacer y siempre sucede algo. Acá lo que hacíamos era pensar en los imprevistos. Teníamos tres tipos de filmación: tierra, agua turbia y agua transparente. Tierra es cuando los personajes se mueven en un ámbito cotidiano, donde no se sienten cómodos, entonces usábamos una cámara estática, planos fijos, para transmitir la dificultar que tienen ellos de conexión. En el río, como no ven, se filmó siempre por fuera o si se sumergían no se veía nada. En la piscina todo es movimiento y como ellos ven, optamos por rodar todo desde adentro con cámaras subacuáticas. Me parece que está bien balanceado. Fue divertido porque fue hacer todo por primera vez. En el río construimos una plataforma donde montamos las grúas porque necesitábamos mucha estabilidad; para mantener la proporción de cámara del personaje lo sujetábamos con arneses...Era probar cosas todo el tiempo. En la piscina era otra dificultad porque filmábamos en el Cenard y ahí entrenan los nadadores profesionales, entonces no podíamos hacer lo que deseáramos, ahí era la realidad la que te limitaba, no la naturaleza. Además el tipo de toma que quería requería colocar un carro de 50 metros -que es demasiado- sobre un fondo que no es uniforme, así que había que nivelar el fondo de la piscina y eso tardaba dos días. Obviamente no queríamos sacar y poner el carro, así que se tenía que quedar sumergido en el agua por cuatro días y por más que teníamos seguro, nos dieron un carro de la Segunda Guerra Mundial, que era muy difícil de mover. Eso, más nuestras limitaciones, ya que no éramos el equipo de Spielberg, no teníamos motor de arrastre, entonces teníamos un sistema de poleas gigantes para arrastrar ese carro y lo arrastraban dos personas enorme de cada lado. Además, tenía que ser absolutamente simétrico, porque si el carro se adelantaba al nadador o el nadador al carro, no servía. Tenía que ser exacto por el tipo de planos que buscaba.


- ¿Nunca pensó en sacrificar algún plano dada la dificultad?

Es que veíamos el material de lo que estábamos haciendo y nos estimulaba mucho a todos. Incluso los chóferes de los camiones, que como eran los más corpulentos del equipo tenían que arrastrar el carro estaban felices y nos decían: 'esto no quedó muy bien, hay que hacerlo de nuevo'. Eso era muy lindo. Los planos los habíamos elegidos de antemano y teníamos que lograrlos. Matías Mesa, que era el encargado de las tomas sub-acuáticas, era muy positivo y siempre buscaba soluciones.


- "Agua", como muchos films argentinos, cuenta con coproducción extranjera, en este caso de Francia, ¿Es indispensable hoy en día el aporte extranjero para realizar una película en Argentina?

Si bien es súper importante lo que tenemos y lo que logramos hasta ahora, es decir, sin Ley de Cine, no existe el cine nacional, sí creo que estamos manejándonos con presupuestos que se desfasaron. No se puede hacer una película con solo aportes argentinos, porque tenemos poco. Gracias a Dios tenemos el Instituto de Cine (INCAA), pero después no tenemos aportes privados como los canales de televisión. No existe el concepto de inversión. No puede funcionar como en Europa, donde muchas películas se financian con un adelanto del distribuidor, que está subsidiado, entonces recupera. En la Argentina no se puede pedir al distribuidor que además de lo que tiene que invertir para promocionar y lanzar la película, también invierta. Es suicida. Entonces no hay muchos caminos y uno empieza a buscar las cosas afuera. Pero también te agota. En este caso tuve la suerte de que mi productor francés se arriesgó también a hacer un aporte personal, con su empresa, que no lo cubre ningún fondo, ni la taquilla, ni las ventas.


- ¿Qué tan diferente es el estreno de este film, con respecto al primero?

Es muy diferente. Tan diferente como filmar una y la otra. Pasamos de una película chiquita, que en realidad cuando la estábamos haciendo no sabíamos si iba a ser un largo o no, era otro momento del país, una película independiente absolutamente. "Vagón fumador" fue una aventura. Después se terminó, tuvo su recorrido. Si uno mira a la distancia y no sabe esas cosas, piensa que tuvo una estructura normal de filmación, pero la verdad es que éramos una banda de hippies. Ahora "Agua" es absolutamente diferente, tiene un elenco más conocido, técnicamente es muy compleja, fueron años de rearmar el proyecto, un poco por la historia y otro por conseguir la financiación y los fondos para que sea posible porque no era una película que se podía achicar. Incluso en un momento lo tenía cajoneado porque pensé que era imposible y me estaba dedicando a otra cosa. Pero me llamaron de una residencia en París, que organiza el Festival de Cannes, para terminar el guion allá durante cinco meses. Ahí conocí productores y cerré la co-producción, sin haber armado la producción argentina. Fue tan diametralmente opuesta, que ahora con el estreno lo estoy notando. Con "Vagón..." era muy inconsciente, creo que como todos los que hacíamos cine en esa época, 2001-2002. Con el tiempo uno aprende a qué cosas hay que prestarle atención y dedicación.


- ¿A qué cosas hay que prestarle atención y dedicación?

A saber que es importante lo que pasa el día del estreno, si genera interés antes de que llegue a las salas. A que la parte de la exhibición es una parte más del proceso de hacer una película. Es muy difícil estrenar, sobre todo porque hay mucho cine argentino. En este momento del año hay 30 películas argentinas esperando estrenarse y hay que elegir el mejor sistema, el que le conviene a cada uno. Para mí lo importante siempre es hacerla, pero es verdad que la exhibición, como no depende de una cuestión artística, uno no tiene demasiado control sobre ello y puede decidir mucho menos. Pero creo que no hay ningún director al que le resulte indiferente lo que le pase con su película, todo el mundo quiere exhibirla, mostrarla en una sala o en treinta. Uno hace la película para que otro la vea.

© Cynthia M. García / abc guionistas

27/09/2006 21:23:37

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