26/05/2012 - 14 usuarios online

Juan Bas (Bilbao, 1959) estudió Derecho en la Universidad de Deusto, pero dejó la carrera en el último curso. Su pasión por las letras hizo que se estrenase como guionista en 1981 en una radionovela para Radio 3. Trabajó para revistas (El Víbora, Totem, Playboy) y televisión (Farmacia de guardia y Páginas ocultas de la historia) antes de dedicarse exclusivamente a su faceta como escritor y columnista. Procura no faltar ningún año a la Semana Negra de Gijón.
Con ganas de ver cómo responderá el público a su propuesta, el director del festival La Risa de Bilbao, el escritor Juan Bas, ha estado en primera línea de la inauguración del evento, que aspira a convertirse en una referencia europea en humor literario. La exposición Los forrenta años, de Forges, uno de los homenajeados en la cita, también se inauguró en la carpa del Arenal. Una mesa redonda bajo el título La literatura de humor, ¿un género menor? abrió la parte más sesuda del programa. El País habló con él...
Pregunta. ¿Cómo van los preparativos de última hora? ¿Hay algo que le quite el sueño?
Respuesta. Lo mejor, de momento, es que no hemos tenido ninguna sorpresa de última hora. Nadie ha anulado su presencia. [El editor de Anagrama] Jorge Herralde se rompió un brazo la semana pasada, pero se ha esforzado en venir. Le hemos quitado una mesa redonda y entrevistará a Tom Sharpe.
P. Algo habrá que le preocupe más que el resto, el clima, por ejemplo.
R. El viernes tenemos un paseo en barco con los escritores y parece que hay riesgo de lluvia, pero lo único que me preocupa es la afluencia de gente, ver si el público va a sentirse interesado por las propuestas que hacemos. La más popular, la del Arenal, con la carpa y Forges, no creo que tenga problema. Me preocupa ver si la gente se sentirá atraída por las entrevistas a Martin Amis y Michel Houellebecq o la entrega del premio a Tom Sharpe. En todo caso, es mejor que sobre sitio a que la gente se quede en la calle.
P. ¿Cómo consiguió fichar a Amis, Houellebecq y Sharpe?
R. El caso de Sharpe fue fácil porque le damos un premio que no está mal dotado [25.000 euros]. Cuando contactamos con su agente se mostró encantado. Y para que vinieran Amis y Houellebecq ha sido decisiva la colaboración de Jorge Herralde, su editor en España. Amis tardó un poco más en contestar. Su agente es uno del equipo del famoso Chacal [Andrew Wylie], ese que tiene fama de tan duro, y han sido encantadores. Houellebecq respondió pronto. No conoce Bilbao y el festival le pareció buena idea.
P. En los tres años que lleva ideando el proyecto, ¿cuál fue el momento en que pensó que iba a salir para adelante?
R. Fue cuando el alcalde [Iñaki Azkuna] e Ibone [Bengoetxea, concejal de Cultura] me dijeron que tiráramos para adelante contra viento y marea. Necesitábamos el apoyo del Ayuntamiento.
P. ¿Hace falta un efecto Guggenheim literario para situar a Bilbao en otro escalón?
R. Modestamente, el nuestro es un intento de dotar a Bilbao de un festival de talla internacional y con invitados de primera categoría. El Guggenheim es un museo famoso en todo el mundo, pero, dentro de nuestra modestia, hemos procurado traer lo mejor.
P. ¿Por qué en Bilbao? ¿Cómo le explica a un extranjero que el festival del humor literario en Europa está en esta ciudad?
R. Muy sencillo: porque se me ocurrió a mí. Soy bilbaíno, vivo aquí y las relaciones más factibles para poner esto en pie las tengo aquí. Sus infraestructuras y fisionomía son idóneas. La idiosincrasia del bilbaíno valora el sentido del humor. Tenemos una forma un tanto propia y peculiar, con ese afán por el exceso, la fanfarronada y la exageración. Nuestro sentido del humor no pega mal con un evento como este.
P. ¿A quién resucitaría para dar una charla en el festival?
R. Al argentino Roberto Fontanarrosa y a Gérard Lauzier [uno de los grandes del cómic francés].
P. ¿Por qué hay bromas e ironías traducibles y otras que no?
R. No soy un especialista, pero creo que cada idioma tiene sus peculiaridades y guiños. Por ejemplo, con mi novela Alacranes en su tinta, a mi traductora alemana le costaron muchísimo los juegos de palabras. Un idioma barroco como el alemán es complicado. Con el francés no hubo problemas y con el ruso, vete a saber lo que hicieron.
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