25/10/2010 - 19 usuarios online


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Tiffany Tavernier escribe sobre su guión para "La pequeña Lola"

Tavernier
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Por Tiffany Tavernier(*)

La película se basa en una novela. Se trata de mi primera novela, la historia de Justine, una adolescente de diecisiete años totalmente perdida, que se ve inmersa "por casualidad" en los círculos humanitarios de Calcuta. Mi padre me llamó un día, diciéndome que le gustaría adaptarla. "— Imposible. Nunca te van a dejar entrar con cámaras en los asilos y, además, el mundo humanitario ha cambiado mucho, los voluntarios de hoy no son como los de antes. Todo se ha profesionalizado mucho. "Me hubiera gustado tanto rodar la trayectoria de esta chica". Fin de la conversación. Fin del sueño. Y pasan tres años. Se estrena Salvoconducto. Bertrand se pone a buscar un tema nuevo. Y se me ocurre de repente. Se lo cuento a Dominique, me da su aprobación, descolgamos el teléfono. "— La adopción, Bertrand, la misma trayectoria que Justine. Un gran dolor como punto de partida, un viaje al fin del mundo, aunque nada a priori destinaba allí al o a los personajes, un país que les estalla en plena cara, la lucha, la metamorfosis, el regreso.

"Me interesa, pero quiero más material".

Miles de entrevistas por Internet y por teléfono. Descubrimos el mundo de la esterilidad – autorizaciones – procedimientos. Entre el dolor de unos, el pánico de otros, la desconfianza, la felicidad, el miedo, la angustia, nos movemos en un maremagno de informaciones archicaóticas. Necesitamos más de seis meses para organizarnos. La Misión de la Adopción Internacional no puede ayudarnos. Más tarde, nos enteraremos de que son unos pocos los que gestionan todas las adopciones en el extranjero, una tarea totalmente imposible.

Después de dudar mucho entre Haití, Mali, Vietnam y Camboya, terminamos por elegir este último. Para la media de candidatos a la adopción es un verdadero infierno: ocho semanas en el país, un procedimiento lento y complicado con continuos cambios, una embajada francesa poco cooperadora, una gran ambigüedad con toques artísticos en todo lo que respecta a las sumas que se han de pagar, un país aún exangüe tras el genocidio cometido por los jemeres rojos, unas instituciones todavía muy cojas... Bertrand no tuvo que oír más. Estaba decidido.

"— ¿Y ahora qué?" Digo mirándoles a él y a Dom. "— Ahora es muy sencillo, tíos, ¡manos a la obra!"

Quince días los tres en Phnom Penh. La bomba. Levantarse a las seis de la mañana, acostarse a la una. Visitamos el ochenta por ciento de los futuros decorados (orfanatos, ministerios, pensiones y alojamientos varios), nos entrevistamos con directores de orfanatos, futuros padres adoptivos, periodistas, camboyanos que participan en el procedimiento oficial, responsables de ONGs locales e internacionales, dueños de hoteles especialmente dedicados a la clientela de la adopción. Risas histéricas, lágrimas, emociones. Bertrand disfrutó de lo lindo. Regreso al norte de Francia. En diciembre, le entregamos a Bertrand un primer refrito. Reacciona. Hacemos ocho versiones más. Dom y yo, vamos avanzando, reculando... Tratamos de encontrar el equilibrio de la pareja. Tratamos de encontrar las palabras que reflejen la complicidad. De encontrar la característica de cada uno de los personajes sin que éste o aquel nos salga demasiado caricaturesco. Tratamos de seguir el vaivén de los trámites obligados. Bertrand empieza a angustiarse. Demasiadas emociones matan la emoción. Séptima versión. Nos estamos acercando al final. Estamos muy cerca. Rodaje previsto para octubre. Preparación principios de agosto. Entrega del guión junio de 2003. Bertrand está embalado. Tendréis que venir al rodaje. No problem.

Aterrizaje en familia el 13 de octubre de 2003 a las 09:00 de la mañana, hora local, primer día de rodaje, seguro que se imagina el decorado: el hall de entrada del aeropuerto de Pochentong bajo la lluvia. Veinticinco técnicos franceses. Entre ellos, los veteranísismos, Bébert, Alain y Marco que siguen a Bertrand desde hace lustros y cien camboyanos, cuarenta de ellos conductores. Basta con pararse dos minutos delante de un boulevard de Phnom Penh para entender por qué son tan necesarios. Un caos total. Bertrand lo flipa. ¿Los camboyanos van a estar a la altura? ¿El equipo francés sabrá integrarse? ¿Y los actores? Todos aceptaron venir antes del inicio del rodaje y pasar dos meses en Camboya. Es lo pactado. Pero, ¿lo aguantarán? Acción. La magia del rodaje. A los actores les gusta tener a los guionistas allí con ellos. En función del tipo de decorados, de luz, de la manera en que los personajes toman vida, Bertrand nos propone que modifiquemos algunas escenas. Nos adaptamos como lo hacen Alain, Zoé, el control, la producción, los actores, los niños, y nos pasamos los sábados por la noche bailando con todo el equipo una especie de baile mitad rock, mitad danza jemer, maravillados por la eficacia de todos, ninguno se queja y todo ello a pesar de ritmo de locos que se ha impuesto, de los 91 decorados, del calor y del monzón. Neary, Somany, Reasmey, Monita y todos los demás, entre toma y toma, nos regalan fragmentos de su pasado, de su pasado violento, trágico, sin sentido. Nosotros, los franceses, con el corazón roto ante la mirada de un niño mortalmente enfermo. Las cenas de diez, de quince, el aprendizaje del idioma, la energía fulgurante de Bertrand que, desde el alba, aparece en la sala del Hotel Goldiana donde sirven los desayunos cantando, Daniel el peluquero jefe, su becario que viene directo todas las mañanas del vertedero, la belleza de las orillas del Tonlé Sap, la canguro de Lola, actriz revelación, Isabelle, una fuente inagotable de interrogantes, Jacques, el deseo incesante de comprender, imposible concebir que esto se acabe. No. Es demasiado bonito. Demasiado especial.

Y sin embargo, un día, nos vamos. Nos subimos a una escalera mecánica, como ellos, en la película, hacemos un gesto con la mano y pufff... Camboya, este rodaje maravilloso, La Pequeña Lola.... Necesitamos unos meses para recuperarnos. Un buen día, llamada telefónica, ya podemos ir. Nos sentamos todos, un poco nerviosos. La sala se queda a oscuras. Se proyecta la luz en la pantalla. Contenemos la respiración. Y todo vuelve a empezar. Todo.

(*): Tiffany Tavernier, hija del prestigioso cineasta francés Bertrand Tavernier, ha sido su asistente de dirección
desde 1991, y participó previamente en el guión de "Ça commence aujourd'hui". "La pequeña Lola", basada en su propia novela, se convirtió en guión en colaboración con Dominique Sampiero y el propio Bertrand Tavernier.


© Vertigo/abc guionistas

26/09/2005 11:53:04