25/10/2010 - 18 usuarios online


Noticias de guión

Las historias de Hemingway

En Cuba y en España
En Cuba y en España

Por Alberto Duque López (*)

Este sábado 2 de julio de 2005, amanecerá más temprano en la zona rural de Ketchum, Idaho y durante unos segundos, después de las 6.30 de la mañana, el tiempo parecerá detenerse para escuchar de nuevo, sobrecogido, el ruido salvaje de un disparo doble producido en esa misma fecha pero en 1961 por una escopeta Boss, británica, calibre 12, de dos cañones, comprada por su dueño en una tienda de Nueva York y accionada por la mano delgada, asustada y temblorosa de un hombre que, en ese momento, apenas tenía 62 años, sin cumplir, porque hubiera tenido que esperar hasta el 21 de julio.

Parecen muy pocos años para contener la historia trepidante, emocionante, viva, ansiosa, tensa, violenta, agresiva, exhibicionista, espléndida, contagiosa, soberbia y magnífica de un hombre que con su muerte voluntaria aceptó y continuó la marca trágica de una familia que antes y después de él tuvo otros suicidas: su padre Clarence, su hermana Ursula, su hermano Leicester, su hijo Gregory y su nieta Margaux.

Parecen muy pocos años para comprobar que la vida de Ernest Hemingway es una de las páginas más románticas y aventureras de todos los tiempos, señalada por novelas, cuentos y artículos periodísticos; un premio Nobel otorgado pero no recibido personalmente en 1954; tres hijos; cuatro esposas pacientes (Hadley Richardson, 1921-1927; Pauline Pfeiffer, 1927-1940; Martha Gelhorn, 1940-1945; Mary Welsh, 1946-1961); muchas guerras europeas; escandalosos amoríos con las más hermosas mujeres; trepidantes y discutidas temporadas de toros al lado de los más grandes como Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín; varios accidentes de aviación que le dejaron el cuerpo lleno de cicatrices; largas cacerías de animales grandes y pequeños; extenuantes jornadas en el Golfo de México detrás de los colosales merlines; encierros en sus casas de Ketchum, Key West y Finca Vigía y, por encima de todo, la convicción que siguen compartiendo millones de lectores en todo el mundo, que su lenguaje austero, despojado de adornos y artificios, en el puro hueso, ha sido uno de los aportes más valiosos a la renovación de la palabra escrita.

Su muerte voluntaria, recordada este sábado 2 de julio de 2005, ocurrió un domingo luego de dos años infernales durante los cuales padeció y sobreviviò, aparentemente, a la presión galopante de su sangre, el alcoholismo crónico (en algunos y especiales y nostálgicos bares de La Habana, Nueva York, San Francisco, Madrid y París le ofrecen al cliente los cocteles "Hemingway" que mezclan frutas con ron o whisky, en un gesto de desafío al sabor, la lógica y la vida misma que en el caso de este hombre siempre fue una parranda de nunca acabar), los problemas cardíacos, el hígado enfermo, el cáncer de piel que le produjeron las insolaciones en el Golfo y otros mares, la depresión, la impotencia sexual y el insomnio que lo hacían ir de bar en bar, o caminar por los bosques en busca de un oso que lo despedazara piadosamente.

Pero los osos y otras fieras le temían a ese hombre que parecía tener 80 años, arrastraba los pies, lucía descuidado en su aseo personal y tenía el aire solitario de los cazadores que muchas veces vieron salir el sol en las verdes colinas africanas, esperando la estampida de los elefantes, los pasos silenciosos de los tigres y leones, y el almizcle femenino de las fieras que lo contemplaban con los ojos cerrados, decidiendo si lo mataban ese verano o al siguiente, cuando regresara con sus mujeres ansiosas y excitadas, a las que penetraba de una sola acometida, sin caricias previas, ni rituales inútiles, ni palabras tontas. Como los machos capaces de dispararse dos veces una mañana de julio de 1961.

Sus historias, publicadas en todos los idiomas incansablemente, son tan vigorosas y cargadas de tanta vida que han inspirado películas memorables: "Adiós a las armas", 1932, de Frank Borzage y "Por quien doblan las campanas", 1943, ambas de Sam Wood y con Gary Cooper, uno de sus mejores compinches;"Tener y no tener", 1944, con un director y dos actores míticos, Hawks, Bogart y Bacall; "Los asesinos", una de sus mejores historias, en 1946 dirigida por Robert Siodmak y 1964, por Donald Siegel; "Las nieves del Kilimanjaro", 1952 más "Y ahora brilla el sol", 1957, ambas de Henry King; "Adiós a las armas", 1957, de Charles Vidor y la famosa "El viejo y el mar" de John Sturges, 1958, con Spencer Tracy, entre otras adaptaciones porque el cine y la televisión siguen utilizando sus historias no siempre con la mejor suerte.

Este sábado 2 de julio de 2005 el mundo parecerá detenerse después de las 6.30, recordando cómo esa misma mañana de 1961, el abuelo de Margaux se levantó silenciosamente, salió de la habitación pequeña que ocupaba en la parte trasera de esa casa grande (la esposa dormía en la alcoba principal del segundo piso), bajó al sótano, buscó las llaves del armario donde guardaba las armas de cacería, tomó la escopeta Boss, la cargó con varios cartuchos, entró a la casa de nuevo, se apoyó contra una de las paredes, apretó los dos gatillos y le sonrió a la muerte que, una vez más, se lo encontraba en esos 62 años.

Mary se despertó en su cama con los disparos que sonaron como una puerta cerrada violentamente. Cuando bajó al vestíbulo se encontró con los restos que durante más de cinco horas serían recogidos, limpiados y desechados por tres de sus mejores amigos de boxeo, tragos y cacerías: George Brown, Don Anderson y Looyd Arnold, quienes juntaron con lágrimas, dolor y mucho amor los dientes, los huesos, la piel, los pelos, las uñas y la sangre untados en el suelo, las paredes y el techo. Parecía la escena de una de sus novelas y cuentos, en una aldea africana, con un cazador desesperado porque la gangrena de su pierna era insostenible.

Todos los años miles de seguidores de Hemingway visitan Ketchum, Idaho, quizàs buscando el olor de la sangre o el ruido de los dos disparos, o acuden a la cita del barrio habanero de San Francisco de Paula, donde la casa de Finca Vigía se viene abajo porque el gobierno de Estados Unidos impidió que los cubanos recibieran una donación para restaurarla de urgencia, o pasan por Key West donde la casa donde él también escribió, está tomada por una colonia de jóvenes homosexuales que leen sus libros mientras hacen el amor y escandalizan a las vecinas pudorosas.

Lo recordaremos (hemos estado varias veces en Finca Vigía, comprobando que sigue muy vivo para los cubanos y guardamos junto a este computador y las fotos de Ernesto Guevara, Frida Kahlo, los directores y actores entrevistados en otros países, Rocamadour, Margarita, Olga Helena, Mario Gabriel, Alejandra, Alicia, Gabriela, Thomas, Miguel Alberto, Pablo, Roberto y Dorita, Orlando y Marta, entre otros amores, guardamos, la foto espléndida de 1960 cuando el viejo posó junto a un orgulloso Fidel Castro en la marina que ahora lleva su nombre), lo recordaremos este sábado por lo que ocurriò un domingo, en pleno verano, con un calor parecido al de Pamplona y sus encierros, al de las trincheras españolas, francesas e italianas, al del hotel Ritz en París o al de la corriente azul de los merlines en el Golfo, o el calor del cuerpo abierto y sudoroso de Ava Gardner esperando ser atravesada por un hombre que nunca amó a nadie porque su corazón y su sexo estaban enredados con la palabra escrita.

Ese domingo 2 de julio de 1961, a las seis de la tarde, Hemingway recibiría el mejor homenaje que podía brindarle uno de sus mejores amigos: Antonio Ordóñez le brindó uno de los toros de su corrida, mientras miles de aficionados en Las Ventas guardaban un silencio profundo, mortal, oscuro, tratando de entender por qué, cómo, dónde y cuándo, si ese hombre era el símbolo inequívoco del seductor, el bebedor, el cazador, el mujeriego, el parrandero, el escritor que vivió la vida hasta el fondo, altanera, orgullosa y sensualmente. No en balde dos días antes del suicidio, en la cama del hospital donde estuvo recluìdo varias semanas, recibiendo choques eléctricos e inyecciones tremendas, escandalizó a médicos, enfermeras y pacientes, habia fornicado con su mujer como una prueba de que seguía vivo o, supuestamente, querìa seguir viviendo. Mentira.

(*): Alberto Duque es periodista, crítico de cine y escritor colombiano.
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30/06/2005 13:29:22