11/11/2016


Noticias de guion

Crónica de guion en Perú

Los acordes del piano de Nicolás II de Rusia, tan lejanos como cercanos cuando los toca Oleg Karavaichuk, la inmersión vital en el viejo y mítico Caliwood,  la efusión creativa para irradiar en las distintas direcciones que marcaban las estrellas polares de 27 proyectos audiovisuales, las risas, el baile, los abrazos,... Todo se mezcla con el tiempo y la distancia, cadenas humanas a veces tan necesarias para la asimilación. Fue tanto lo que se vivió en Perú...

31 de agosto. Tras 11 horas y media de vuelo directo desde Madrid, me sacó del letargo el rugir del océano mientras me dirigía a Miraflores, el distrito de Lima que me acogería durante una semana llena de experiencias, que no tendrían significado si no fueran acompañadas de personas. Durante el trayecto, el taxista me contó que había estado viviendo en Madrid cuatro años, hasta que golpeó la crisis; me hizo una apología de la mujer española, y me ilustró sobre Mistura, la congregación gastronómica más importante del país.

Nunca pisé el enclave señalado para la orquestada concentración de gustos. Mi experiencia y degustación se esparció por diversos lugares a los que me dejaba llevar, abandonado a la suerte que decidieran los demás, sensación saludable de vez en cuando. Debuté con una cena que me introdujo al "pisco sour". Llevado por el cinéfilo y afable delegado del Ministerio de Cultura peruano, Pierre Emile, y su encantadora pareja, fueron mis otros compañeros de viaje, foráneos como yo, quienes ejercieron la verdadera tentación: la dominicana Tanya Valette, a quien conocí cuando dirigía la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (Cuba), y a quien debo la experiencia que me llevó escribir "Desde Cuba, tras el huracán", entre muchas otras; la española Elena Vilardell, alma imprescindible en el pasado y el presente de Ibermedia, el programa creado un noviembre de hace dos décadas, tras la Cumbre Iberoamericana de jefes de Estado celebrada en Margarita, Venezuela, y que nació con el propósito de proporcionar un continuado estímulo a la coproducción de películas de ficción y documentales en una comunidad de 19 países de habla hispan>Grupo de Cali junto con Carlos Mayolo y Andrés Caicedo, quienes en los años 70 también fundaron el Cine Club de Cali y la revista Ojo al cine. El bautizo de pisco sour peruano, el eterno rival del chileno, tomó cuerpo.

Delicioso, pero gotas de agua de lluvia si lo comparamos con el efecto que me produjo "Todo comenzó por el fin", el filme de Luis (Ospina) que él mismo define como autorretrato del “Grupo de Cali”, también conocido como “Caliwood”, "un grupo de cinéfilos, que en medio de la rumba y del caos histórico de los años 70 y 80, lograron producir un corpus cinematográfico que ya hace parte fundamental de la historia del cine colombiano". Se mezcla la película con la historia clínica del propio Luis, quien enfermó de forma grave durante la producción. Evidente y afortunadamente, sobrevivió. La película va de huellas, pero también de perecer o sobrevivir. Le dije que me había gustado la contraposición de la autodestrucción rápida de Caicedo, la autodestrucción lenta de Mayolo, y la supervivencia suya, incierta al inicio. "Algo debiste hacer diferente". No me dio respuesta concreta. Siguió la reflexión silenciosa, obligada: tres dioses humanos surfeando la vida. Caicedo, un Jim Morrison de letras poéticas y celuloide, se consume rápido; Mayolo, el genio irreverente y simpático, acaba sintiendo la solidez de la vejez anticipada que origina el deterioro prematuro de un cuerpo demasiadas veces recipiente de excesos, hasta que se extingue; Ospina, con su elegancia innata incluso cuando se retrata a sí mismo intentando ser más sórdido, sobrevive a todo y nos deja una lección sin fórmula.

En la última cena con Luis, en un restaurante casero de Miraflores, saboreamos un fantástico chupe de pescado (sin pisco) y reímos sobre algunas trivialidades. Lujos permisibles y sabrosos contrastes cuando en la recámara se tienen a buen recaudo las involuntarias lecciones de vida fruto de otras interacciones... No todo puede ni debe ser filosofía.

Otra involuntaria lección de vida me la ofrecería Andrés Duque con su documental "Oleg y las raras artes". Paradojas de la vida, tuve que viajar a Perú para conocer al compositor y pianista ruso Oleg Karavaichuk, después de su muerte. Si había llegado a Lima a impartir un taller de creatividad e ideas luminosas, me encontraba ante la encarnación de alguien que emanaba lo que no me canso de predicar: la mente se ve obligada a prestar atención a aquellos estímulos que no conoce, y descarta, desprecia o economiza los que ya tiene previamente asimilados. Eso es lo que hace que la originalidad sea un atributo necesario en toda obra, no ya por razones estéticas sino psicológicas, por razones que tienen que ver con la respuesta humana. Y en ese sentido, Oleg proporciona estímulos tan poco comunes que obliga, guste o no, a una concentración irrefrenable.

Alguien tan poco común, tan excéntrico en sus formas externas, es lógico que genere cierto rechazo a un sector determinado. Pura indigestión. Causa común de que tachen de locos a los genios. Sufren todos del mismo "mal". Provocan indigestión, incapacidad de absorción de tanto estímulo nuevo y contradictorio. Pero si se tiene buen estómago, ¡menudo placer! ¡Y qué perdidos están quienes creen que con copiar la extravagancia del genio logran atraer los atributos del mismo! Confusión de la causa con la consecuencia, tan de moda en una época donde la gente lucha por caricaturizarse para parecerse a este o al otro, a través del bisturí o de las actitudes, olvidando que la verdadera riqueza reside en ser uno mismo y abrazar la autenticidad que solo alguien único como tú, como yo o como él o ella, podemos emanar.

Oleg no solo fue inspiración para reforzar mis premisas debido a su contraste físico. Sus frases, unidas a la demostración de su música, fueron la verdadera revelación. De forma casi inconsciente dejó caer su reflexión sobre la consonancia y la disonancia. Partes de la armonía musical. A diferencia de la melodía, que se caracteriza por la sucesión de sonidos -representados en el pentagrama de manera horizontal-, la melodía trata de los sonidos simultáneos -representados en el pentagrama de forma vertical, poniendo los sonidos unos debajo de otros-, algo que todo entendido en música conoce. Así, si cantamos una melodía y la acompañamos de acordes, estamos creando una armonía. Cuando dos sonidos se escuchan a la vez pueden producir dos sensaciones: consonancia y disonancia. A grandes rasgos, si nos "entra bien", es consonancia, y si produce rechazo, es disonancia. Lo último es percibido con tensión y, en principio, repele. Ahora bien, ¿qué sucede cuando mezclamos la más excelsa consonancia, placer casi divino, con la más brusca disonancia? Es lo que predicaba Oleg: la coexistencia de la consonancia con la disonancia. Sublime perfección melódica acompañada de mamporros que le daba al piano. El efecto: imposible de definir; hay que percibirlo. Ante su música, enmudecemos.

Se puede hacer un postulado dramático rápido por derivación. Si la escena la dotamos de elementos consonantes y disonantes de forma que la disonancia no sea tan aguda como para generar el rechazo absoluto, estaremos ante una forma expresiva que no solo será original sino que psicológicamente actuará de pegamento irremediable para el espectador, además de servir como anti-hipnótico.

En una era en la que la apología de lo hipnótico ni siquiera disimula su hermandad con el control mental, el concepto de disonancia en coexistencia con la consonancia es más que interesante. No olvidemos que la televisión suele configurarse en la mayor parte de su programación como una lluvia de consonancias que inducen casi el trance y a la robotización. Alguien dirá que existen disonancias, apelando al exhibicionismo de contenidos de alto impacto emocional, pero en realidad lo que sucede es lo contrario. La reiterada exposición -tras una disonancia inicial- desensibiliza, de forma que el contenido deja de ser disonante. Opera bajo los mismos principios que la vida real; de ahí, que los cirujanos o los médicos de urgencias no sientan lo mismo que los pacientes, afortunadamente.

Pero ¿acertamos a ver las consecuencias? Se puede revertir toda una escala de valores con ese método, sin que el individuo se dé cuenta de ello. Y la base es que algo que afecta emocionalmente puede dejar de hacerlo si nos exponemos al estímulo un determinado número de veces hasta crear una consonancia por familiaridad y repetición. La mente apaga su alerta. Tiene su lado bueno y su lado atroz. Porque se puede crear insensibilidad hacia el sufrir ajeno, o hacia cualquier otra cosa, incluidas las ideologías. Una sofisticada forma de manipulación en auge en el siglo XXI. Pero eso es ya otra cuestión. Habría que abrir capítulo independiente junto con un tratado sobre Pokemon Go, el diseño artificial y enmascarado de la cultura psicodélica en los laboratorios de las universidades de EEUU en alianza con las agencias de inteligencia -documental pendiente al que me apuntaría de mil amores-, la Realidad Virtual que se aproxima,... y más. Tal viaje obligaría a desviar las observaciones hacia lo que les pasa a los personajes que molestan, como Lennon o Jackson, Luther King o Kennedy... como hizo Zachaty Sklar en aquella "JFK: caso abierto", cuyas reflexiones tan generosamente compartió cuando acudió a "Un Verano de Guion", hace aproximadamente una década.

La transformación de la disonancia en consonacia sería un tratado psicológico revolucionario, pero difícil de desarrollar sin la complicidad del audiovisual alternativo. Un audiovisual sin escrúpulos a la hora de contar que la robotización a través de estados alpha y theta inducidos por voluntad ajena, disimulada o no -como en el caso de las drogas- es solo el preludio de los grilletes colectivos que irán cobrando forma en la era tecnológica: la antesala de una nueva generación de implantes voluntarios, donde las memorias pueden ser confundidas como en la más pura ciencia ficción del siglo XX. Pasado mañana, más ciencia que ficción. No nos cueste reconocer que en la popularización de las drogas - somnífero por excelencia para apagar iluminaciones y homogeneizar la diversidad humana- han intervenido más activamente algunos programas encubiertos de inteligencia -ahora desclasificados- que los propios carteles del narcotráfico. Quede dicho para quien tenga oídos y desee hacer algo al respecto... Los guionistas sabemos de magia y de focalizar en una zona dramática para que otra quede convenientemente a cubierto, y con ella nuestras intenciones autorales. Por eso podemos leer patrones semejantes en la realidad. Pero ¡basta de estratosferas! Bajemos de nuevo a lo tangible...

La cena del jueves fue sonada... Todo un agapé de cocina gourmet con sabores locales que no dudamos en mezclar y compartir entre los presentes. Junto a los compañeros citados anteriormente, otros recién llegados como Paz Alicia Garciadiego, Mariana Rondón, Enric Rufas, Andrés Duque, Miguel Pérez... Charlas más alimenticias que los propios alimentos. Los postres, eso sí, flambeados con pelea in situ entre cliente y camarero vejado, con féminas de por medio. Fue la única noche violenta, apaciguada por un cigarrillo mentolado extra largo de Paz Alicia. Da gusto dejarse tentar, de vez en cuando, siempre que no suponga el pasaporte hacia la quiebra de voluntades...

El taller fue excepcional gracias a los participantes. Un día antes había escuchado atentamente el pitch de sus proyectos. El abanico era inmenso. De Argentina, Andrea Rico, con Corralito (ficción), y Florencia de Múgica, con Irán vs. Usa (documental); de Brasil, Clara Albinati, con Desmemoria (documental) y Francielli Rebelatto, con Pasajeras (híbrido); de Bolivia, César Beltrán, con Negro, azul y blanco (ficción) y Melisa Balderrama con Un tal Chivo (ficción) y Juan Pablo Richter, con Los Gatos (ficción); de Colombia, Andrea Vega, con Adiós, Oscurita (híbrido); de Costa Rica, Roy Acuña, con Vivir su vida (Documental); de Cuba, Nurielis Duarte, con La mujer que nada (ficción); de Chile, Julien Gastelo, con Atlas (documental – híbrido) y Alexandra Hyland, con Las demás (ficción); de Ecuador, Santiago Molina, con Luchito (documental); de España, Raúl Barreras, con Nouvelle Bag (ficción); de Guatemala, Myriam Ugarte, con Muchachas (ficción); de México, Fernanda Valverde, con Colgar los tennis (ficción), y Adriana Trujillo, con La reconstrucción (documental); de Nicaragua, Laura Baumeister, con Acuamania, Alina y su Jardín Secreto (ficción); de Panamá, Carolina Borrero, La secreta memoria (híbrido); de Paraguay, Miguel Armoa, con Crónicas del Eami (ficción); de Perú, Sofía Velázquez, con Los hombres ríen, trabajan, se van (híbrido) y Marco Panatonic, con Tierra natal (ficción); de Portugal, Claudia Alves, con Dalingua a contra-lingua (documental); de República Dominicana, Carlos Soriano, con Cachorros (ficción) y Melvin Durán, con Yanet y Roland (híbrido); de Uruguay, Damián Sansone, con El pueblo (ficción); y de Venezuela, Ángela Guillén, con Milo, Mara y Miami (ficción).

Entre los participantes, algunas amigas y antiguas alumnas de la EICTV. Como Ángela y Nurielis. Esta última me confesó que su proyecto, "La mujer que nada", nació en un taller de ideas luminosas que impartí hace años en la escuela cubana; parte de ese manantial de ideas que se genera y se guarda para tiempos posteriores. Me alegró mucho saberlo. También entre los reencuentros de la EICTV, Julia y Miguel Ángel. La primera, de testigo durante unos días, y el segundo, ayudando a coordinar el evento.

La cascada de obras y la firme voluntad de hacerlas progresar que tenían sus creadores, me hizo replantear el enfoque y reconvertir el taller en una experiencia distinta a la habitual: enseñaría a aprovechar la creatividad de los compañeros para nutrir la obra propia. Algo en lo que debería formarse todo guionista no solo por la rapidez con la que se adquieren los conocimientos necesarios, sino por los extraordinarios resultados que proporciona, con poco esfuerzo y sin coste. Sin falso pudor por tener oyentes de lujo como Miguel Pérez y Andrés Duque, me puse manos a la obra... La experiencia fue extraordinaria, ...y lúdica. Factor que irremediablemente intento llevar a cada experiencia de mi vida, por solemne que sea, ya que no va reñida la satisfacción y el disfrute con la importancia de las cosas, como algunos quieren hacer creer.

Fue ese espíritu lúdico, que también nos empeñamos en demostrar en cada Verano de Guion, lo que me llevó a algunas de las noches más divertidas en compañía de las coordinadoras Marianela, Diana y un puñado de alumnos y alumnas. La primera fue sonada. Cerramos pista de baile a las cuatro, para estar puntualmente todos en clase a las nueve. No fuimos gente floja. Sabíamos que lo lúdico no es sinónimo de evitar la responsabilidad, aunque implique dormir cuatro horas y no pegarse a las sábanas.

Esa noche mágica que empezó con foto de Francielli (Fran), Laura y Marianela en un supuesto lugar de rumba, se transformó en visita a un segundo lugar en pleno concierto, con covers de los Héroes del Silencio. Lo escuchamos desde una terraza, bajo un techo de estrellas. Fuimos consumiendo horas entre charlas que despojan de los vestidos del alma. Mirando a los ojos, sin los falsos pedestales que proporcionan las trayectorias profesionales. Sin espejismos originados por falsos podios de distancia. De tú a tú. Tiempo para ser uno más. Para saborear que Mel me diera a probar un cigarrillo de canela, dulce y picante; o que Florencia, agotada la menta de los mojitos, me propusiera catar el Campari con naranja, como si se me invitara a recordar que la ilusión infantil por lo nuevo nunca debe cesar con el paso del tiempo. Algunos quisimos que la noche no acabara. Ya en la calle, nos dejamos convencer por un vendedor de ambientes, que nos arrastró hacia la última hora de su su garito. Nos invitaron a copas, pero sobre todo bailamos. Mel, Flor, Damián, Adriana, Miguel, Marco, Santiago, Julien... Bajo los efectos de la sangre brasileira que Fran nos supo contagiar, cerramos la noche.

Hubo tiempo para seguir creando, en el taller, y vivir horas de encierro en el hotel para cumplir con otros deberes profesionales,... hasta que llegó la última de las noches. La dividí en dos: la primera parte, con el magnífico equipo que había sustentado la posibilidad de la mágica experiencia. Tuvimos tiempo de hablar largo y tendido... De rememorar, con Paz, sus anécdotas con nuestro común y entrañable amigo Michel Marx. Con Enric, de planificar iniciativas conjuntas que pudieran servir para transmitir a otros el saber que le supo imprimir a obras como "La soledad" o "Las horas perdidas"... Con Tanya, para forjar el futuro de posteriores colaboraciones y agradecerle el Perú. Con Elena, para constatar una afinidad espontánea y cercana, surgida de la aparente e inexistente casualidad...

Miguel Ángel me condujo hasta donde me esperaban los alumnos: un palacio de rock, que durante un día a la semana se convertía en templo de salsa... Allí me reencontré con una docena de ellos: Carolina, César, Julien, Adriana, Fran, Roy, Alexandra, Miguel... También con Marianela y más gente...Dejé lucir mi torpeza salsera. Inauguré con Diana, quien insistió hasta arrancarme de la silla... Después, Mimi (Myriam), quien se empeñó en enseñarme el círculo infinito con el que debía mover las caderas. ¡Puro desastre! A lo máximo que llegué fue a "seguir" a "Ángela", ¡como si la mujer fuera yo! Terapia de choque para cualquier ego. Santiago se empeñó en compartir rondas de cerveza como brevaje de tribu, o aquella leche de cabra que probé en los campamentos de Tinduff y que se pasaba como néctar de boca en boca. Quise dejar muestra patente que no existen composturas que guardar y que la fragilidad, la imperfección y el error, el no ser bueno en todo, nos hace humanos. Entre risas, gozos y sones, me fundí con ellos para dejar constancia de que lo importante no es la impoluta imagen sino el compartir los corazones.

A la mañana siguiente no tuve que madrugar. Era mi día de partida a España. Tuve tiempo para quedar con la guionista autóctona Rosa Gutiérrez Mongrut y vislumbrar posibles colaboraciones profesionales. También la de despedirme de muchos de quienes habían creado el maravilloso guion de mi estancia en Perú.

No podría afirmar que dejé amigos. Sí, que me los traje conmigo. Porque la distancia y el tiempo no existen más que en las consideraciones limitantes que todo guionista debe trascender. La vida es nuestra escuela, y el corazón nuestra mejor pluma. Por eso, Perú ya es parte mía.

Feliz escritura...

​​​​​​​Valentín Fernández-Tubau

Cofundador y director de Abcguionistas y Ars-Media

20/09/2016 22:06:03

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